El
yacimiento del Tossal de Manises se emplaza en una colina de 38 metros de
altitud, próxima a la playa de La Albufereta y alejada 3’5 kilómetros del casco
histórico de la ciudad de Alicante. Se trata de la Lucentum romana,
desarrollada a partir de un poblado ibérico que conoció también brevemente, en
el último tercio del siglo III a.C., el dominio cartaginés, hasta el extremo de
no descartarse su posible identificación con la fundación bárquida de Akra
Leuke.
El topónimo del Tossal de Manises está relacionado con la abundancia de
restos cerámicos, los cuales cubrían la superficie de la colina. El yacimiento,
cercado por una valla desde 1973, ocupa 5 hectáreas; a pesar de haberse
preservado la totalidad del núcleo amurallado romano, los complejos turísticos
construidos a su alrededor provocaron la desaparición de otros barrios, villas
y factorías de salazones. La ciudad dispuso en época protohistórica y romana de
un puerto interior con excelentes condiciones de refugio, a salvo de los
vientos de tramontana y levante. Esta zona pasó a ser en épocas posteriores
pantanosa e insalubre, hasta su completa desecación en 1928. Al otro lado de la
antigua Albufereta, cuyo recuerdo permanece en el topónimo de la actual playa,
se sitúa la Serra Grossa, que alcanza los 175 metros de altitud. Al Este del
yacimiento queda el cabo Huertas, que contribuyó a resguardar la antigua zona
portuaria. Curiosamente han sido los hallazgos epigráficos los que, tras
invitar a poner en duda la ubicación de Lucentum en el Tossal de Manises en
favor del barrio alicantino de Benalúa, confirmaron finalmente la primera y
tradicional identificación, mientras que en cambio en Benalúa habría quizás un
conjunto de grandes villas centradas en los siglos V y VI.

A fines del siglo XVIII el Conde de Lumiares realizó las primeras excavaciones en el Tossal de Manises, del que ya desde el siglo anterior existían algunas referencias escritas. Entre 1931 y 1935, J. Lafuente y F. Figueras dirigieron de forma sucesiva grandes campañas de excavación, exhumando casi tres cuartas partes de lo hasta hoy conocido del yacimiento. Los dos autores defendieron que el enclave se correspondía con Lucentum, identificación ya propuesta por el conde de Lumiares, atribuyéndole además un pasado griego y cartaginés. Los esfuerzos de ambos por dignificar y salvar el yacimiento condujeron a su declaración como Monumento Histórico-Artístico en 1961. Las posteriores presiones urbanísticas obligaron a realizar nuevas excavaciones en las zonas altas y orientales del yacimiento, las cuales fueron dirigidas por M. Tarradell y E. Llobregat. Estos trabajos pusieron al descubierto la denominada Puerta Oriental, documentaron los niveles ibéricos y romanos, y permitieron fechar una destrucción amplia de la ciudad romana en el siglo III de nuestra era en función de un fuerte nivel de incendio. El Estado compró los terrenos en que se ubica el yacimiento, cuyo proceso de deterioro continuó a pesar de la realización de algunas consolidaciones y restauraciones puntuales. Entre 1990 y 1992 se reemprendieron los trabajos, codirigidos por E. Llobregat y M. Olcina, y encaminados a conocer mejor las estructuras ya descubiertas. Se actuó en diversos puntos de la muralla oriental, en las termas y en la llamada calle de Popilio, desbrozando además la vegetación acumulada y levantándose planos de todas las estructuras visibles. En 1994 se emprendió un amplio proyecto de recuperación y puesta en valor del yacimiento, de modo que éste ha quedado musealizado de forma modélica. Los nuevos sondeos practicados han aclarado problemas de interpretación y cronología, si bien los resultados son parciales y exigen investigaciones futuras.

En el último tercio del siglo III a.C. se produjo una transformación radical del poblado ibérico, el cual se dotó de una potente fortificación perimetral cuya forma aproximada en planta es la de un hacha. Dentro de la muralla quedaron englobadas las zonas más altas del cerro, incluyendo una pequeña elevación secundaria que alcanza algo más de 29 metros, y que de haber quedado extramuros habría comprometido mucho la defensa del recinto. La ampliación de la superficie habitada del poblado implicó una redistribución del hábitat de la zona, ya que se abandonó el Tossalet de les Bases, trasladándose probablemente su población al Tossal de Manises. La reestructuración urbanística y defensiva del Tossal de Manises pudo coincidir con el comienzo del dominio bárquida sobre el asentamiento, situado estratégicamente, tanto por sus vínculos viarios con las áreas interiores como por estar a medio camino entre dos importantes centros costeros púnicos: Ibiza y Cartagena. En la misma época en que se construyó la muralla se adosaron a la cara interna de la misma otras edificaciones, interpretadas como viviendas o almacenes. Las calles, algunas de las cuales eran perpendiculares a la muralla, seguían un trazado muy diferente al de las posteriores calles romanas. Las técnicas constructivas y poliorcéticas empleadas en el engrandecimiento del poblado ibérico son tan avanzadas que tras ellas hemos de ver la actuación directa de los cartagineses. Las grandes torres huecas y la presencia de un potente antemural son elementos tomados de una arquitectura de tipo helenístico concebida para hacer frente a las modernas técnicas de asalto de las potencias coloniales de la época. Los rasgos púnicos de la planificación y ejecución del diseño urbanístico se manifiestan muy claramente, además de en el avanzado sistema de drenaje, en la llamada “casa de patio triangular”, donde el tipo de cisterna y los pavimentos de las estancias son ajenos a las tradiciones indígenas.
La fortificación de fines del siglo III a.C. (Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 56-57) delimitaba un espacio de unas 3 hectáreas de extensión. Contaba con grandes torres huecas, tres de las cuales, de 8, 10 y 11’30 metros de frente, se disponían en el lado oriental. Estas torres tenían al menos dos pisos de altura y estaban unidas por una estrecha muralla de algo más de un metro de espesor. El piso inferior de dos de las torres quedaba compartimentado en tres espacios, de los cuales el central era el más amplio. Los muros serían de adobe sobre zócalos de piedra, única parte que ha subsistido. El aparejo tiende a ser regular en muchas partes, sobre todo en las torres, donde es mayor el cuidado en la talla y adecuación de los bloques. Las cubiertas de las construcciones adosadas al interior de la muralla servirían como adarve, probablemente protegido por un parapeto almenado. A unos 10 metros de las torres de la parte oriental se erguía un antemural de enormes bloques irregulares para impedir la aproximación a la muralla de los ingenios de asalto. Entre la muralla y el antemural existía otro muro intermedio que pudo servir para formar un escalón como segunda línea de defensa. La muralla y las torres estaban enlucidas con una gruesa capa de arcilla roja, quizás cubierta con cal para fijarla y evitar su descomposición. Habría dos puertas de acceso al poblado, ambas en la parte oriental de la muralla, protegidas cada una de ellas por una torre bastante distanciada del tramo central en que se concentraban las otras torres. Hasta una de las puertas llegaban unas carriladas realizadas sobre la roca. Los elementos defensivos descritos apuntan sin duda hacia una avanzada arquitectura militar de carácter helenístico, signo del interés que para los cartagineses tuvo el enclave.
De la arquitectura doméstica de época ibérica plena se conocen en la cumbre del
cerro, bajo un mosaico de “opus signinum”, dos muros perpendiculares que
determinan un posible espacio abierto enlosado en el lado Sur. La unidad de
vivienda más antigua bien reconocible es la llamada “casa de patio triangular”
(Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 79), contemporánea de la primera fortificación y
adosada a la misma. De ella se han descubierto tres estancias; la más
importante es la central, en la que se abre una cisterna oblonga de extremos
curvos y 4 metros de profundidad, 3 de ellos excavados en la roca; su mortero
de recubrimiento interior es de argamasa de cal con cenizas, y su cubierta
consistía en un envigado de madera. El agua llegaba hasta la cisterna por un
canal de tubos cerámicos situados bajo el pavimento, y que provenían de una
arqueta de decantación de planta circular situada en un patiecillo de planta
triangular. A su vez el agua llegaba hasta la arqueta desde la cubierta de una
de las torres por medio de una tubería, quizás cerámica. Es el depósito más
antiguo conocido en el poblado, y su factura es probablemente púnica. La “casa
de patio triangular”, bien pavimentada con argamasa, constaría de uno o dos
pisos, sirviendo su cubierta plana como parte del adarve de la muralla. Tanto
esta disposición como su estructuración interna recuerdan el modelo de las
viviendas del barrio de Byrsa en Cartago. Las aguas residuales de la ciudad y
la pluvial no recogida iban a parar a las calles, dificultando el tránsito y
estropeando los pavimentos y la base enlucida de los paramentos. Ello condujo a
la realización de un canal cubierto de losetas de piedra que permitía evacuar
el agua hacia el exterior del poblado. Este sencillo sistema se vio bastante
mejorado por el alcantarillado romano.
Ya en la primera mitad del siglo II a.C., iniciada la romanización, se detectan algunos síntomas de ruina en las edificaciones levantadas en el período de expansión del poblado, como la falta de mantenimiento de la cisterna de la “casa de patio triangular”, el posible abandono de algunos almacenes adosados a la cara interna de la muralla, y la destrucción de algunas estructuras que luego quedaron bajo el nuevo trazado de las calles.
Se produjo un incremento de
las relaciones comerciales con el ámbito itálico, como señalan las cerámicas
campanienses y las ánforas de los tipos grecoitálico y Dressel 1, pero se
mantuvieron e incluso se intensificaron los contactos con los centros
comerciales de tradición fenicio-púnica, ilustrados por la pervivencia de las
ánforas de tipos púnicos. Hacia finales del siglo II a.C. se reforzó
considerablemente el sistema defensivo previo, que quizás se había visto muy
deteriorado. Se engrosó la muralla, reaprovechando para ello algunos sillares
con huellas para alojar grapas metálicas, pertenecientes quizás a antiguos
monumentos funerarios de la cercana necrópolis de La Albufereta. Una de las torres
de este momento presenta en relieve la cabeza de un toro, imagen simbólica y
apotropaica que alude alegóricamente al carácter inexpugnable de la
fortificación. Las reformas del recinto amurallado continuaron en el siglo
siguiente, fechándose hacia la época del conflicto sertoriano (82-72 a.C.) la
primera fase de la Puerta Oriental. Esta puerta quedaba flanqueada por un
grueso bastión y por una torre de base maciza con probable cámara superior,
creando una especie de pasillo fácil de defender. Era una puerta doble, es
decir, compuesta por dos pares de hojas paralelas que se articulaban sobre
cuatro quicialeras aún visibles. Las construcciones asociadas a la puerta se
levantaron con grandes bloques trabados con argamasa terrosa mezclada con algo
de cal. La Puerta Oriental fue reformada a inicios de la era, pasando a ser
única y de doble hoja, haciendo así sitio a una pequeña calle. Presentaría
umbral y jambas de sillería, dotándose además probablemente de un arco de medio
punto, con lo que pasaba a ser más un elemento de orgullo ciudadano que un
artificio defensivo.
Parece que ni las guerras sertorianas ni los conflictos civiles posteriores
afectaron negativamente al Tossal de Manises, que pudo reforzar así su
preeminencia regional. Desde poco después de la mitad del siglo I a.C. y hasta
principios de nuestra era se trazaron nuevas calles ortogonales que
transformaron por completo el panorama urbano. La ciudad recibió en época
augustea el estatuto jurídico de municipio, lo que se tradujo en su
monumentalización con edificios institucionales y de carácter público. En época
de los emperadores julio-claudios se construyeron el foro, los dos edificios
termales y el alcantarillado, reforzándose además la Puerta Oriental y
derribándose algunos tramos de la muralla para permitir la expansión de la
ciudad (Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 43). A través de una inscripción
actualmente perdida se sabe que hubo en Lucentum un templo dedicado a la diosa
Juno. El territorio dependiente del municipio de Lucentum limitaba con las
áreas adscritas a Ilici al Sur y a Villajoyosa al Norte. Las cerámicas
figuradas de estilo “Elche-Archena” dieron paso a las abundantes “sigillatas”,
de barniz rojo, provenientes sobre todo de los ámbitos itálico y galo. En el
último cuarto del siglo I comenzó el progresivo declive de Lucentum en favor de
la ciudad de Ilici y de su Portus Ilicitanus (Santa Pola), que absorbió gran
parte del tráfico comercial y marítimo en la región. Ya en el siglo III
Lucentum quedó prácticamente despoblada, si bien hay indicios de
frecuentaciones o de un poblamiento marginal hasta el siglo VI, habiéndose
descubierto además algunas tumbas de época islámica.
Ya en la primera mitad del siglo II a.C., iniciada la romanización, se detectan algunos síntomas de ruina en las edificaciones levantadas en el período de expansión del poblado, como la falta de mantenimiento de la cisterna de la “casa de patio triangular”, el posible abandono de algunos almacenes adosados a la cara interna de la muralla, y la destrucción de algunas estructuras que luego quedaron bajo el nuevo trazado de las calles.

