El 16 de Julio del 2009 un equipo de arqueólogos valencianos pertenecientes a diversas instituciones ha desenterrado en el yacimiento de la Solana, en Játiva, los restos de una vivienda de la Saitabi Ibérica cuyo origen se remonta al siglo IV antes de Cristo.
El departamento excavado, una habitación perteneciente a la época ibérica. Dicho departamento posee un hogar central con un apoyo de piedra circular, que según los arqueólogos, podría tratarse de un molino, informan fuentes de la Universidad de Valencia.
Durante esta campaña, en la que participan estudiantes de esta Universidad, se está tratando de sacar a la luz las estructuras ibéricas que conformarían la casa. A la derecha de esta habitación se ha encontrado un departamento más con otro pavimento de tierra batida.
El profesor Pérez Ballester ha explicado que ésta es la primera vivienda de la Saitabi Ibérica, la antigua capital de la Contestania, en la época de Arse (Sagunto) y Edeta (Liria), denominada y comentada en las fuentes latinas cuando se habla de Játiva.
Además, "en otras campañas, se han encontrado vestigios de épocas anteriores, que hablan de la continuidad de esta ciudad, al menos desde el siglo X a.C. al IX a.C". De las informaciones encontradas destaca la presencia de contactos con gente de ultramar, en este caso fenicios, de los que se han encontrado numerosas restos de ánforas o vasos pintados.
Los equipos que han participado en los trabajos están integrados por el profesor del Departamento de Prehistoria y Arqueología José Pérez Ballester; el arqueólogo municipal de Játiva, Ángel Velasco; y la arqueóloga Reyes Borredá, todos tres directores de las excavaciones, además de un grupo de doce alumnos de la Universidad de Valencia.
El trabajo posterior de todo el material encontrado se realizará en los laboratorios de la Universidad de Valencia durante el año lectivo. En este sentido, el profesor Pérez Ballester ha explicado que el material recuperado se deposita temporalmente en el Laboratorio del Departamento de Prehistoria y Arqueología para su limpieza, inventario, clasificación y estudio.
"Consiste principalmente en cerámicas, pero también hay restos de fauna, conchas, maderas carbonizadas, que son rebuscadas por especialistas de nuestro departamento y aportan informaciones preciosas sobre las formas de vida y el paleopaisaje".
Proyecto de más de diez años
Esta excavación forma parte de un proyecto de estudio del poblamiento ibérico de La Costera, en el cual se lleva trabajando más de diez años, y que ha generado numerosas publicaciones y comunicaciones en congresos, trabajos de investigación y tesis doctorales.
"La partida de Solana se encuentra en la vertiente sur del Castillo de Játiva, dónde se han conservado razonablemente bien restos de la antigua Játiva, al contrario de lo que ocurre en la vertiente norte, hoy ocupada por la ciudad moderna", ha indicado el profesor de la Universidad.
La campaña, que ya es la tercera, empezó el 29 de junio y acabará el próximo viernes. La excavación cuenta con una subvención de 12.000 euros de la Dirección general de Patrimonio Histórico, y de 4.000 euros del Ayuntamiento de Játiva.
Hacemos referencia a a enciclopedia de Internet Wikipedia
La Dama de Elche es una escultura ibérica tallada sobre piedra caliza quedata entre los siglos V y IV a. C.
Mide 56 cm de altura y tiene en su espalda una cavidad casi esférica de 18 cm de diámetro y 16 de profundidad, que posiblemente servía, para introducir reliquias, objetos sagrados o cenizas como ofrendas al difunto. Otras muchas figuras ibéricas de carácter religioso, halladas en otros lugares, tienen también en su espalda un hueco y, como la Dama, sus hombros se muestran ligeramente curvados hacia delante.
Se descubrió el día 4 de agosto de 1897. El lugar donde se descubrió el busto de la Dama es hoy un yacimiento arqueológico donde se han ido descubriendo a lo largo de los años numerosas piezas de mucho valor, íberas y romanas, testimonios de aquellas civilizaciones. Se ha descubierto un poblado íbero-púnico, alcantarillado romano, mosaicos, murallas y casas romanas.
La pieza se encontró cerca de Elche (España), donde existe un montículo que los árabes llamaron Alcudia ('montículo') y que en la antigüedad estaba casi rodeado por un río. Se sabe que fue un asentamiento íbero denominado Helike (en griego) y que los romanos llamaron Illici Augusta Colonia Julia. Cuando llegaron los árabes, situaron la ciudad más abajo, en la parte llana, conservando el topónimo romano de Illici, que fue arabizado por el sonido en «Elche».
Se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional de España, de Madrid (España).
Su indumentaria es totalmente ibérica. Lleva una túnica azul de fino lino, mantilla sostenida por una peineta (que puede parecer una tiara), que cae atravesada sobre el pecho. Esta mantilla era rojiza y en ella aún quedan restos de pintura gastados. Sobre la mantilla, un gran manto (albornoz) de tela gruesa y pesante la cubría. Era de color marrón con un ribete rojo. Los labios conservan también restos de su color rojo. Está hecha de caliza fina, naranja y la cara tiene el color natural de esta piedra, probable color natural de su tez.
Lleva la Dama unas joyas características de los íberos: unas ruedas que cubren las orejas y que cuelgan de unas cadenitas sujetas a una tira de cuero que le ciñe la frente. Unos collares y coronas con esferitas y filigranas. Son reproducciones de joyas que tuvieron su origen en Jonia en el siglo VIII a. C. y que después pasaron a Etruria (Italia). En los últimos análisis se descubrió un pequeño fragmento de pan de oro en uno de los pliegues de la espalda. Esto induce a suponer que las joyas de la escultura estaban recubiertas de pan de oro. No son cualquier tipo de joyas las que posee sino piedras que seguramente pertenecían a algún tesoro de la realeza, como es el caso del enorme collar porta-amuletos y la gran corona de oro que tiene en su cabeza.
La vestimenta que tiene puesta la dama de Elche es sumamente elegante y con una parte abierta en el cuello, con el motivo de que se puedan apreciar todas las joyas que lleva en el cuello.
Contiene todos los símbolos de poder y belleza de su época, desde su particular mirada, la fineza de su piel, porte elegante y una gran cantidad de accesorios típicas del momento histórico en que fue creada.
La expresión del rostro de la hermosa mujer es de una gran paz, donde se percibe que se encuentra en un momento de profundo pensamiento y reflexión. Hay quienes sostienen que puede tener alguna referencia “divina”, donde no se trata de una mujer sino que es alguna diosa con rasgos femeninos y que era motivo de admiración y devoción.
El principal efecto de la escultura corre a cargo del contraste entre el lujoso atavío y, sobre todo, el exuberante tocado -todo ello realista, recargado de detalles- y el semblante sereno, idealizado de mujer. Es un rostro de rasgos finos: los ojos algo oblicuos, rasgados, tienen la mirada tenuemente ensombrecida por la ligera caída de los párpados superiores, que cubren parcialmente el iris, vaciado para hacer hueco a una sustancia desaparecida (un rasgo técnico ajeno a las demás esculturas ibéricas); las cejas, altas, prolongan sus líneas arqueadas en las formas rectas de la nariz, de aletas breves; la boca es de labios finos, bien perfilados, y cerrados en un gesto de serena seriedad; todo lo encierra un contorno dibujado por unos pómulos altos, apenas pronunciados, mejillas enjutas y una barbilla redondeada y firme. Va vestida con tres prendas: una fina túnica abrochada con una diminuta fíbula anular, sobre ella un vestido que se ve terciado sobre el pecho, y, por encima de todo, un manto de tela gruesa, cerrado algo más abajo del borde conservado, y por arriba abierto forzando una especie de solapas de plegado muy anguloso. Deja ver los tres grandes collares, dos con colgantes en forma de anforillas y, el inferior, con grandes lengüetas. Destaca sobre todo lo demás el tocado, suprema expresión de los ya bastante aparatosos que lucen otras esculturas ibéricas. Prueban de sobra los tocados que el griego Artemidoro se entretuvo en describir, cuando aquí estuvo en torno al año 100 a. C., como propios de las damas ibéricas. El de la escultura ilicitana se asemeja a alguno de ellos, aunque no se ajusta a ninguno completamente. Un velo, que se introduce por detrás bajo el manto, es alzado sobre la nuca con la ayuda de una especie de peineta; una funda sobre él, que originariamente debía de ser de cuero, se ajusta al cráneo, y además de servir de soporte a filas de esferillas que adornan el borde sobre la frente, cumple la finalidad de dar sujeción a los dos enormes estuches discoidales que enmarcan el rostro, del que lo separan unas placas decoradas con volutas y con colgantes terminados en perillas, que caen sobre las clavículas; un tirante de extremos abiertos pasa sobre la cabeza, sujeto a los discos, para impedir que se abrieran más de lo conveniente. Son estos últimos muy anchos y profusamente decorados, los que confieren a la Dama la apariencia que la hace universalmente reconocible y diferenciable de cualquiera otra. La idealización del rostro y la exuberancia del atavío convienen, más que a una mortal, por principal que fuera, a una divinidad, para la que estaría reservada la suprema ostentación petrificada en la escultura.
Artemidoro de Éfeso, hombre de Estado que viajó por las costas de Iberia allá por el año 100 a. C., describe a la mujer ibera en un texto que ha llegado hasta nuestros días, y en el que puede reconocerse muy bien la descripción de la Dama de Elche, tal es el parecido:
Algunas mujeres ibéricas llevaban collares de hierro y grandes armazones en la cabeza, sobre la que se ponían el velo a manera de sombrilla, que les cubría el semblante. Pero otras mujeres se colocaban un pequeño tympanon alrededor del cuello que cerraban fuertemente en la nuca y la cabeza hasta las orejas y se doblaba hacia arriba, al lado y detrás.
La Dama viste un pesado y lujoso traje ceremonial. Las damas votivas del Cerro de los Santos, con sus tocados y joyas, ¿representan a la diosa o sólo a mujeres ataviadas como ella? Estrabón observa que “en algunos lugares llevan collares de hierro con unos ganchos doblados sobre la cabeza que avanzan mucho por delante de la frente. Cuando quieren, cuelgan el velo de esos ganchos para que les dé sombra en el rostro. En otros lugares se colocan alrededor un disco redondeado hacia la nuca que ciñe la cabeza hasta las orejas y que se despliega hacia arriba y hacia los lados. Otras se rapan la parte delantera del cráneo para que brille más que la frente (también lo hacía Rita Hayworth) otras se colocan sobre la cabeza una columnilla de un pie de alto, trenzan alrededor el cabello y luego lo cubren con un velo negro”. Este es el tocado de las vascas que aparece en los dibujos del Civitates Orbis Terrarum, del siglo XVI.
La Dama a cuya toilette asistimos, ¿es una mujer poderosa o representa a la Diosa Madre? Quizá ambas cosas a un tiempo: la mujer poderosa que, por serlo, representa a la Diosa Madre, señora de los rebaños y de la naturaleza en las fiestas del poblado. Entre los iberos, el trato solemne con la divinidad se reserva a las clases dominantes. La situación de la mujer ibera depende de su clase social. Si pertenece a la aristocracia del poder y del dinero, goza de amplias prerrogativas, como se deduce de los ajuares de sus tumbas, que compiten en riqueza con los de los hombres. La mujer ibera aparece en las ceremonias religiosas en plano de igualdad respecto al hombre (como se manifiesta en las pinturas de los vasos de Liria), o incluso en un nivel superior, cuando representa a la diosa (la Dama de Elche o la de Baza). Incluso es posible que el sacerdocio, esté integrado principalmente por mujeres (como sugieren las damas oferentes del Cerro de los Santos).
En otras ocasiones, esta diosa que fertiliza los campos y los rebaños, aparece flanqueada por parejas de caballos o de otros animales.
Como protectoras de la fecundidad, algunas diosas mediterráneas se relacionan con la prostitución sagrada, vestigio de un rito neolítico, o incluso anterior, encaminado a estimular la fecundidad de la naturaleza vegetal y animal.
La prostitución sagrada se practicó incluso en la Roma imperial donde los
ierodules o esclavos estaban a disposicón d elos templos y de los dioses.
En Pyrgi y en la propia ciudad de los Césares la desempeñaban personas de uno y otro sexo, especialmente las mujeres.
En Kition se denominaban hieródulas o servidoras de Astarté. Las devotas acudían a ciertos templos y se entregaban los forasteros en celdas individuales. ¿Llegaron esas costumbres a Iberia? Es posible que los iberos realizaran rituales fecundantes como otros pueblos mediterráneos. Algunos arqueólogos suponen que ciertos cubículos encontrados en los templos de Cancho Roano (Badajoz) y de Cástulo (Jaén) podrían tener esa finalidad fornicatoria.
¿Quién sabe si esas danzas bastetanaso las que retratan las cerámicas levantinas, no terminaban en revolcón, como en las fiestas grecorromanas de Dionisos, tras la phalephoria o alegre procesión del falo, seguida de orgía ritual que aseguraba la fecundidad de la tierra?
En el altar de la diosa, nuestra Dama reparte entre los devotos tortas de bellota e higos secos. “Es cosa cierta –escribe Plinio- que aún hoy la bellota constituye una riqueza para muchos pueblos hasta en tiempos de paz. Habiendo escasez de cereales se secan las bellotas, se mondan y se amasa una harina en forma de pan. Actualmente incluso en las Hispanias, la bellota figura entre los postres. Tostada entre ceniza es más dulce”.
Luego, la fiesta. Los iberos son muy aficionados a la danza y a la música. Conocen instrumentos musicales de viento, de cuerda y de percusión, que suenan en los desfiles militares, en las danzas guerreras, los bailes de celebración y la vida. Hombres ymujeres bailan cogidos de la mano.
Nuestra Dama, tras la ceremonia, posa para un artista. Aunque el peso de los arreos la abruma y siente una ligera jaqueca, la Dama de Elche, seretrata recargada de joyas, en su papel de diosa. Es muy posible que el tesoro tartésico de El Carambolo, encontrado cerca de Sevilla, perteneciera a una imagen de la Diosa Madre. Las Damas esculpidas representarían a otras imágenes de los templos, maniquíes de madera, imágenes de vestir, con sólo la cabeza y las manos, como ocurre en los cultos de otras madres mediterráneas, sean Isis, Atena, o Tanit. Es evidente que la costumbre ha perdurado o se ha reproducido con las imágenes de la Virgen María.
La escultura de la Dama de Elche y la de su prima de Baza son esculturas funerarias interiores, destinadas a la cámara sepulcral de un personaje importante, un régulo, una princesa... quizá la de la propia señora a la que representan.
Los iberos demuestran su riqueza también en sus enterramientos, que disponen a lo largo de los caminos de acceso al poblado. Es posible que expongan los cadáveres de sus difuntos para pasto de animales, entre ellos los buitres, especie que no corre peligro alguno de extinción. Las aves se asocianal ultramundo al que aspiran los difuntos. De hecho, la diosa de la vida y la muerte se simboliza con palomasu otras aves. La Dama de Baza presenta un respaldo con dos proyecciones en forma de alas.
El yacimiento del Alt de Benimaquia se encuentra en
la cima de la colina que le da nombre, a 225 metros sobre el nivel del mar, y
que constituye la ultima estribacion occidental del macizo del Montgó (756
metros), al norte de la provincia de Alicante, entre Denia y Xabia.
Se trata de un pequeño poblado con una superficie de
0,50 hectáreas, cuya planta triangular esta perfectamente delimitada en dos de
sus lados (norte y oeste) por una muralla de bloques grandes y medianos,
reforzada por seis torres con planta de tendencia cuadrangular, y el
tercerom(sur) por un fuerte precipicio de varias decenas de metros.
El doctor H.
Schubart realizó cuatro catas rectangulares de diversa extensión, además de
unos levantamientos planimétricos (plantas, alzados, etc...) muy completos, que
le permitieron proponer una cronología de los siglos V-IV a C para la ocupación
del lugar. Todo ello resulta lógico conociendo el estado de los estudios de la
cerámica ibérica a principios de los 60, pero aun así el investigador alemán
tuvo la intuición de una mayor antigüedad, dada la presencia de cerámica
pintada en bandas horizontales que podía encontrarse, en otros lugares, en
contextos del siglo VI a C
Es este un poblado de vía central (el asentamiento se
organiza a partir de una estructura urbanística de calles rectas que articulan
hiladas de departamentos a sus lados, parte de cuyas construcciones se adosan
directamente a la muralla), que puede situarse cronológicamente en el Ibérico
Arcaico y Pleno (siglos VI-III a.C.). La excavación del yacimiento, que ejercía
un gran control sobre una vega muy fértil, fue realizada en los años 60 por H.
Schubart, del Instituto Alemán de Arqueología, D. Fletcher y J. Oliver. El
poblado está fortificado por una muralla de 100 metros de longitud, y una anchura de
1´5-2 metros, en ángulo recto, que cierra un espacio triangular, y con una
altura conservada de hasta 2´8 metros (es posible que alcanzara los 4 metros).
La muralla se realizó en piedra y estaba rematada con barro. Presenta adosados
seis torreones rectangulares, de aparejo semejante a la muralla.
La cultura material del enclave se define por la
existencia de un repertorio cerámico donde predominan las producciones a torno,
en las que destacan las ánforas, los recipientes o jarras de tipo pithos y vajilla de mesa, con platos y
cuencos, que dejan sentir el peso de la influencia fenicia, aunque el conjunto
se aleja de los ajuares hallados en enclaves coloniales. Junto a las cerámicas
a torno coexiste un importante conjunto de cerámicas realizadas a mano que
alcanza porcentajes cercanos al 25-30 % del total.
Este poblado estaba en la red del extenso comercio
fenicio, como demuestra la aparición de ánforas de cintas de origen centro-
Mediterráneo y probablemente fenicio sardo.
También se encuentran otros materiales como jarras o botellitas, pesas de telar,
fusayolas, conchas marinas, orzas a mano, fragmentos de ánforas llenas de
pepitas de uva, fíbulas y abundantes restos de cereales como cebada y trigo.
Otro de los hallazgos encontrados en alguno de los departamentos de este yacimiento son
las cerámicas hechas a torno como
puedan ser las copas y también se encontraron escasos restos metálicos
correspondientes, de metal y plomo ya
fuera aperos de labranza o quizá parte del armamento de las gentes que
aquí moraban, no se puede concretar exactamente por el mal estado en que se
encontraban y porque el hallazgo metálico fue poco.
Una de las principales novedades que se documentan en
Benimaquia es la localización de una amplia área destinada a la producción de
vino (se han identificado al menos cuatro lagares), donde se han documentado
plataformas para el pisado de la uva, cubetas para la recogida del mosto con
abundantes semillas de vid (más de siete mil), y una estructura circular,
posiblemente para el prensado.
Las ánforas halladas son
asimilables a las halladas en poblados y necrópolis fenicias del sur de la
Península, acompañadas de varios fragmentos.
La interpretación de los excavadores lleva a
considerar Benimaquia como el hábitat donde un jefe local se establece de forma
destacada y donde se pueden observar los elementos determinantes para ostentar
y acrecentar su prestigio, por ejemplo, las poderosas fortificaciones o el
control de la producción del vino, bebida de destacada importancia en los
contextos político-ceremoniales mediterráneos de consolidación del poder
aristocrático.
En las cercanías del poblado se halló una estela que
recuerda a las decoradas, pero que se fecha en época más tardía (siglo VI
a.C.). En ella aparece un personaje, quizá un posible jefe o aristócrata, que
porta en su mano izquierda un cuchillo afalcatado y en la derecha un puñal con
antenas atrofiadas.
La cronología de estas ánforas data entre el 675 a C al 550 a C,
fabricándose en diversos centros del sur de la Península, que posteriormente
los íberos adoptaron formas fenicias , pasando rápidamente a ser fabricadas por
los propios indígenas. Se caracterizan por ser de pastas gruesas, duras y
porosas y por estar recubiertas de un
engobe blanco.
En otro de los departamentos se encontró también un
pequeño alabastrón de cuerpo cilíndrico y pequeña asa maciza, con una
perforación de factura basta, tratándose de una producción del Mediterráneo Central, que dadas las
características de su pasta puede proceder perfectamente de la isla de Cerdeña.
Hay también una serie de piezas fenicias hechas a torno a las que resulta
difícil encontrar un cierto paralelo entre las de más factorías fenicias del Mediterráneo, que pueden
corresponder a novedades de los alfareros de la zona.
Todo este material encuentra su paralelo en los
yacimientos de Toscanos, Trayamar, Peña Negra y algunos enclaves más de
carácter fenicio en el Mediterráneo al Sur de la Península.
El yacimiento es abandonado a finales del siglo VI a
C tras la inutilización de los lagares cuando la producción vinícola termina de
golpe y con ella la fabricación de ánforas, debido quizá a la crisis del siglo VI a C en las factorías fenicias y los
cambios en la red comercial, tal como sucede en Peña Negra y en las demás producciones de las colonias fenicias.
Se ha podido
demostrar la producción de vino debido al hallazgo de los lagares y las miles
pepitas de uva.
Algunos historiadores piensan que se trata de un yacimiento indígena sumergido en las
redes comerciales de las factorías o
colonias fenicias instaladas en
el Mediterráneo.
Una de las
novedades estriba en el descubrimiento
de una extensa necrópolis de cremación en el cerro de Les Moreres, en
Crevillente, situada muy cerca del poblado de Peña Negra y correspondiente a su
fase del Bronce Final.
En cuanto a los enterramientos, se observa en la
necrópolis de cremación de Les Moreres, fechada entre el siglo IX y mediados
del siglo VI a.C., la extensión de prácticas y construcciones funerarias de
tipo meridional, como los túmulos planos, los círculos de piedras hincadas y
las plataformas ovales y cuadradas.
Estas últimas son el precedente de las tumbas de empedrado que se
generalizarán en la Contestania durante el período.
Se trata
de construcciones funerarias nuevas que dan idea de las transformaciones
culturales experimentadas por el Sureste en su contacto con los agentes
comerciales fenicios. Antes de la llegada de los colonos fenicios, Peña Negra
presentaba algunos elementos próximos al horizonte cultural meseteño de Cogotas
I, como las cerámicas de incrustación y de retícula bruñida o las viviendas
circulares de barro.
González
Prats (1992, 145) considera que durante el Hierro Antiguo el Sureste formó
parte del ámbito orientalizante tartésico, fenómeno cultural ya más diluido al
Norte del río Vinalopó, el cual pudo actuar por entonces como frontera entre
grupos poblacionales con tradiciones diferentes.
Los trabajos preliminares han puesto al descubierto 27
enterramientos y el número total de ellos desparramados por los lados del cerro
en cuestión pudo pasar perfectamente del centenar, dada la densidad de los
mismos. No entraremos en la descripción de los diversos tipos de sepulturas,
que se puede ver en otros trabajos.
En lo esencial,
figuran al lado de las urnas depositadas en hoyos, sepulturas sin ningún
“contenedor” cerámico o que consisten sólo en un cuenco carenado, las urnas
situadas en un encachado amorfo de piedras o aquellas que se ubican en la cista
central de túmulos planos o encachados circulares de 5-7 metros de diámetro. La
tipología de las urnas contrasta, en líneas generales, con la propia de las
necrópolis del “Grupo septentrional”, relacionándose con las formas de las
necrópolis de Murcia y Almería, Setefilla y Portugal.
Con la excepción del cuenco troncocónico que cubre la urna
número 4 y que puede representar un influjo , “septentrional”, todos los vasos
funerarios se tapan con cuencos o cazuelas carenadas de la Forma B7 de Peña
Negra I, uno de los tipos cerámicos más característicos -como veíamos- del
Bronce Final meridional, desconocidos en los ambientes de C.U. peninsulares.
La necrópolis de Les Moreres -como el poblado- llega a
conocer los primeros objetos fenicios que llegan a Crevillente en el paso del
siglo VIII al VII a. C., y así nos encontraremos desde urnas tipo “Cruz del Negro”
hasta platos de engobe rojo y cuentas de collar de pasta vítrea azul con
entalladuras circulares, que han perdido la incrustación de hilos blancos
alrededor de ellas.
Espacio funerario del asentamiento
de la Peña Negra, que en su fase II, con una cronología del 750 al 625 a. C.,
ha proporcionado varios de este tipo de enterramientos formando un grupo
homogéneo presumiblemente de varones (González Prats: 2002, 242, 255, 275 y
277). Si ya resultaba poco convincente la profunda aculturación funeraria de una
parte de la población autóctona alejada socialmente de las elites y
presuntamente detectada en necrópolis de la región tartésica y áreas
geográficas vecinas, su presencia en Les Moreres añade aún más interrogantes,
ya que significaría un resultado prácticamente idéntico de la aculturación
orientalizante de influjo fenicio sobre poblaciones muy distantes. Por
consiguiente, si en una necrópolis autóctona, como es el caso, se detecta a
partir de un momento dado un cambio significativo en las pautas de enterramiento,
acompañado de importaciones fenicias y de un grupo homogéneo de tumbas que, en
contraste con las demás, presenta claras analogías con los enterramientos
fenicios de la Ibiza arcaica y, por supuesto, con enterramientos similares
presentes en algunas necrópolis “orientalizantes” ¿estamos obligados a pensar
que todo ello no es sino el resultado de la aculturación?. Pero, sobre todo,
cuando sabemos de la presencia estable de fenicios en el vecino asentamiento
por la misma época. Es obvio, por otra parte, que no podemos pensar en una
asimilación cultural, ya que todas estas “tumbas fenicias” se han descubierto,
en muchos casos, en necrópolis en las que comparten, como en Les Moreres, el
espacio funerario con enterramientos considerados de tradición autóctona, todo
lo cual sugiere una convivencia, cuando no un mestizaje, entre fenicios y
autóctonos, algo de lo que ya nos hablaban los textos antiguos (Estrabón, III,
2, 13: cfr: Belén: 2000, 308).
En lo que al ámbito funerario de
esta realidad compleja, y posiblemente en parte mestiza, concierne, la
valoración del sector arcaico de la necrópolis ibicenca de Puig des Molins
resulta especialmente clarificadora, al igual que no menos lo resulta la
presencia de un grupo homogéneo de enterramientos tipo “Cruz del Negro” en Les
Moreres, necrópolis del asentamiento autóctono de la Peña Negra, donde, lo
sabemos, residían de forma estable un número indeterminado de fenicios,
mientras que, por otra parte, el empeño de catalogar culturalmente las
necrópolis y sus enterramientos con datos arqueológicos obtenidos sobre todo de
los ajuares encontrados en las tumbas debe ser sometido a discusión. En lo
esencial, se acepta un contraste en los ajuares de las necrópolis
“orientalizantes” que diferenciaría, principalmente, los enterramientos
“principescos”, caracterizados por la presencia de objetos metálicos como
jarros de bronce, recipientes rituales con asas de mano también denominados
“braserillo”, quemaperfumes, páteras y calderos (Martín Ruiz: 1996, 23 ss;
2000), de los restantes, que presentan una gran diversidad, tanto en los
componentes como en sus combinaciones, lo que se achaca a que conviven en ellas
una multiplicidad de formas y ritos en los que, además, el prestigio no aparece
aún claramente definido como consecuencia del cambio social que se produjo
durante el “orientalizante” (Carrilero: 1993, 178 ss). Pero hasta ahora no se
ha explicado porqué determinados grupos de la población autóctona escogen las
formas y el ritual fenicio y otros no, ni como es posible que tales grupos
adopten con tanta facilidad prácticas funerarias ajenas, mientras que en otras
ocasiones, y en relación a actividades que implicarían niveles mucho más
superficiales de aculturación, se muestran mucho más conservadores
discriminando, por ejemplo, qué tipo de recipientes cerámicos se imitan y
cuales no.
En cuanto a los enterramientos, se observa en la
necrópolis de cremación de Les Moreres, fechada entre el siglo IX y mediados
del siglo VI a.C., la extensión de prácticas y construcciones funerarias de
tipo meridional, como los túmulos planos, los círculos de piedras hincadas y
las plataformas ovales y cuadradas. Estas últimas son el precedente de las
tumbas de empedrado que se generalizarán en la Contestania durante el período
ibérico (González Prats, 1992, 143). Se trata de construcciones funerarias
nuevas que dan idea de las transformaciones culturales experimentadas por el
Sureste en su contacto con los agentes comerciales fenicios. Antes de la
llegada de los colonos fenicios, Peña Negra presentaba algunos elementos
próximos al horizonte cultural meseteño de Cogotas I, como las cerámicas de
incrustación y de retícula bruñida o las viviendas circulares de barro.
González Prats (1992, 145) considera que durante el Hierro Antiguo el Sureste
formó parte del ámbito orientalizante tartésico, fenómeno cultural ya más
diluido al Norte del río Vinalopó, el cual pudo actuar por entonces como
frontera entre grupos poblacionales con tradiciones diferentes.
Además de los objetos referidos,
en la necrópolis de cremación del yacimiento, denominada Les Moreres, se
recuperaron urnas arcaicas de tipo Cruz del Negro y un plato de barniz rojo de
inicios del siglo VIII a.C. La interacción humana y comercial con el mundo
fenicio fue incrementándose, de modo que Peña Negra, partícipe de la corriente
orientalizante, experimentó en el siglo VII a.C. una formidable expansión
urbanística. El asentamiento adquirió un perímetro amurallado y experimentó
obras públicas y de aterrazamiento, alcanzando unas 30 hectáreas de extensión
(González Prats, 1991, 112-113). Junto a la cerámica a mano local encontramos
en Peña Negra cerámicas a torno de imitación e ingentes cantidades de cerámicas
importadas, lo que nos lleva a hablar de la presencia estable de gentes
fenicias. Estas gentes configurarían un barrio colonial especializado en tareas
mercantiles y artesanales. La tumba de uno de estos artesanos apareció en el
Camí de Catral; en su ajuar había una matriz de bronce ornada con motivos
iconográficos de estilo oriental para la elaboración de medallones ovales
huecos con decoración repujada.
Aparece un brazalete oval con
decoración incisa que podría fecharse en el siglo IX a C.
Aparece cerámica roja procedente de Anatolia.
Se ha encontrado una vasija de cuerpo troncocónico con carena en
el tercio superior, generalmente redondeada y con un borde corto reto o
vertical marcado con el fondo ligeramente cóncavo.
En les Moreres utilizaban urnas pintadas del estilo o del tipo
Cruz del Negro realizadas a mano en vez
de a torno, como recipiente funerario en ambientes indígenas al menos desde
finales del siglo VIII a C. apareciendo estos como parte del ajuar.
Diversos especialistas han puesto de manifiesto la
influencia que ejercieron estos vasos fenicios sobre las cerámicas arcaicas
procedentes de la última edad el
bronce.
De hecho, más que como resultado de un estudio directo de
los materiales, este importante grupo de cerámicas andaluzas era conocido,
sobre todo, a través de sus imitaciones ibéricas o de sus precedentes
mediterráneos, ya que las urnas de la Cruz del Negro permanecen todavía
inéditas, a excepción de muy pocos ejemplares.
El ritual funerario consiste en la incineración en urnas
depositadas en fosas próximas a la pira; de los hallazgos se deduce que una vez
incinerado el cuerpo del difunto, las cenizas eran tamizadas y separadas
de los huesos calcinados, los cuales eran colocados en la urna, junto con los
objetos de uso personal; la urna y el ajuar se depositaban sobre las cenizas en
un orificio practicado en el suelo, al lado de la pira funeraria, esta última
situada en una fosa rectangular poco profunda.
En el mismo ritual funerario, descrito más arriba, la
presencia en la necrópolis de varias urnas cinerarias hechas a mano y acabadas
mediante la doble técnica de superficie bruñida en el cuello y superficie
rugosa en el cuerpo? los objetos de bronce y hierro que acompañan a las urnas,
todo en suma denota una facies cultural claramente tartésica y local.
Si bien algunos ejemplares se eilcuentran
bastante deteriorados, prácticamente todas las urnas llevan decoración pintada
geométrica. Ésta consiste en anchas franjas de engobe, a veces bruñido, de
color rojo oscuro, delimitadas por una o varias bandas
pintadas de color rojo o castaño negro
Una serie de elementos, tales como el ritual
funerario, quizá permitan relacionar a este yacimiento, no tanto con el
ambiente cultural de las factorías fenicias de la Costa Mediterránea, sino más
bien con la facies cultural indígena orientalizante propia de
La Albufera de Elche. En consecuencia,
cabría pensar en un fenómeno
de homogeneidad cultural y étnica de todos estos grupos,
independientes del foco fenicio-cartaginés.
De
hecho, el que existan en ocasiones ciertas dificultades en distinguir a primera
vista un enterramiento local de uno fenicio no es del todo extraño. Resulta
perfectamente lógico pensar que los primeros beneficiados del comercio fenicio
en la Península fueron ciertos elementos privilegiados de la sociedad
contestana, los cuales controlaban, sin duda, toda la riqueza ganadera y agrícola.
La uniformidad de las pastas, cocción, tratamiento de
superficie y tipología señalan un mismo taller de origen, cuya producción se
inicia a principios del siglo VII a. de J.
C., o acaso antes, perdurando hasta el siglo VI a. de J. C. Dicho
taller abastece a un mercado muy concreto y todo nos induce a suponer que operó
en territorio ibérico, con una cierta independencia con respecto al área de
ocupación fenicia.
Son precisamente estos talleres, que habría que denominar
púnicos., por cuanto que son netamente occidentales y radicados
en el interior, los que mayor influencia ejercerán sobre la producción local
indígena. No son las formas características de la cerámica fenicia del litoral
(jarros de boca de seta o trilobulada, lucernas, platos de barniz
rojo) las que serán imitadas por la población autóctona, sino las formas del
tipo Cruz del Negro.
Estas formas ibéricas, que derivan del tipo turdetano.no
parecen perdurar más allá del siglo IV antes de
J. C. Su cronología coincide, por otra parte, con un momento de expansión de
importaciones fenicias y tartésicas, que afecta sobre todo a los poblados
levantinos, tales como Vinarragell y los Saladares. alcanzando hasta las bocas
del Ebro, donde se comprueba la existencia de importaciones e imitaciones ibéricas
bastante arcaicas.
La cerámica roja de Les Moreres permite probar la existencia
de importaciones orientales en la Península Ibérica y, por tanto, de relaciones
comerciales en el III milenio a.C. entre ambos extremos del Mediterráneo
En una de las tumbas
apareció una cuenta de collar de pasta vítrea azul oscuro con tres ojos formados por incrustación de hilos
de pasta vítrea blanca, del mismo tipo que únicamente se había documentado en
la necrópolis correspondiente de Les Moreres, habiendo perdido allí la
incrustación blanca. Estos ejemplares de origen fenicio inauguran la presencia
en nuestra Península de las cuentas denominadas “de ojos” que llegarán a ser
más características del mundo púnico.
De la necrópolis de Les Moreres poseemos un ejemplar de brazalete con cinta de sección romboidal.
Procedentes de varias sepulturas de Les Moreres son
numerosas cuentas de collar simples fabricadas con tramos de cinta de bronce
arrollados, del tipo que aparece también en los estratos de habitación de Peña
Negra.
En diferentes tumbas se han hallado varias cuentas de oro.
Disponemos de muy pocos elementos de juicio paro
calibrar el mundo funerario de PN II. Es posible que Les Moreres sólo albergara
las primeras tumbas de la fase orientalizante de la ciudad —si no a los
primeros recién llegados--’. La magnitud de ésta, con varios centenares de
viviendas, nos obliga a reclamar una necrópolis diferenciada siturnia
seguramente en otro punto del complejo arqueológico.
En el poblado se sigue con la tradición de
enterrar a los recién nacidos fallecidos en el ámbito doméstico, si bien ahora
incinerados. La abundancia de vasos E II en el poblado se explica así por
tratarse.
Tal y como sucede en el resto del mundo tartéssico, del contenedor
cinerario por excelencia en les Moreres
La
Illeta dels Banyets se encuentra situada en el término municipal de El
Campello, en la provincia de Alicante. Fue una península que quedó separada de
la costa por un terremoto, acaecido quizás en el siglo XI, que es cuando se
datan los últimos restos materiales del lugar. La parte que la unía a tierra
quedó destruida o muy erosionada. En 1943, mediante la utilización de
explosivos, se unió de nuevo la isla a tierra, sirviendo así mejor como refugio
de pescadores. Esta actuación destruyó gran parte de la necrópolis
prehistórica. Actualmente la Illeta dels Banyets es una pequeña península de
unos doscientos metros de largo por cien de anchura máxima. Sus dos tercios
occidentales, donde estuvo el hábitat ibérico, forman un terreno llano que
alcanza los 7’80 metros de altitud, mientras que la parte oriental, muy
erosionada por la acción del mar y del viento, no supera los 2 metros. El lugar
ya estuvo ocupado durante el Bronce argárico. Del Bronce Final son dos aljibes
y algunas edificaciones angulares. Tras un período de abandono, el yacimiento
fue nuevamente habitado en época ibérica, sobre todo en el siglo IV a.C. A un
nuevo abandono siguió la ocupación romana en los dos primeros siglos de nuestra
era. Los últimos restos están asociados a una posible atalaya islámica del
siglo XI.
Las primeras excavaciones arqueológicas en la Illeta dels Banyets fueron
realizadas entre los años 1931 y 1935 por Figueras Pacheco, el cual se había
visto atraído por el lugar tras la lectura de una crónica del siglo XVII en la
que Vicente Bendicho identificaba este hábitat costero con la antigua Alonis,
pasando a describir después sus importantes ruinas. Las excavaciones dirigidas
por Figueras Pacheco sacaron a la luz enterramientos de la Edad del Bronce,
algunas construcciones ibéricas y un posible “ustrinum” púnico con materiales
parecidos a los que por entonces salían en la necrópolis de la Albufereta.
Cerca de la Illeta localizó un alfar ibérico con numerosos restos anfóricos,
del cual excavó tres hornos (Figueras Pacheco, 1950). El Padre Belda, siendo
director del Museo Arqueológico Provincial de Alicante, llevó a cabo algunos
trabajos en la parte oriental de la Illeta, pero sin aportar documentación
sobre los mismos. Entre los años 1974 y 1986 se desarrollaron en la Illeta
numerosas campañas arqueológicas dirigidas por Llobregat (1993), y que dejaron
al descubierto prácticamente la mitad del hábitat ibérico, incluyendo los dos
templos y el almacén, así como algunas estructuras de la Edad del Bronce y de
época romana.
Del período del Bronce argárico aparecen en la Illeta restos de un edificio de
planta casi circular alrededor del cual se situaban tumbas de piedra con uno o
dos cadáveres y ajuares diversos, que incluían cerámicas, puñales, punzones y
botones de perforación en V (Simón García, 1997, 47-131). Una inundación
acompañada de la deposición violenta de piedras y fango pudo motivar el
abandono del lugar. Éste fue nuevamente ocupado en el Bronce Final, como
indican las cenizas que rellenaban las grietas de la roca natural. Quizás fue
en el paso de la Edad del Bronce a la del Hierro cuando se niveló
artificialmente el terreno, se levantaron algunos muros rectos que ahora quedan
bajo el Templo A, y se excavaron en la roca dos albercas.
El hábitat ibérico de la Illeta se caracteriza por
presentar un urbanismo regular, organizándose las construcciones a lo largo de
una calle principal de la que parten otros accesos transversales (Olcina y
Garcia, 1997, 31). No se han encontrado en el poblado restos de murallas, si
bien pudo tenerlas en algunos puntos. Las construcciones menores, de planta
cuadrangular, suelen estar adosadas y muy compartimentadas. Hay espacios identificables
como talleres, tanto en la propia Illeta como junto a ella, donde se localizó
el alfar. Las edificaciones principales consisten en dos posibles templos, un
almacén y una casa señorial, tal vez relacionada con el gobierno y la
administración de la actividad mercantil y manufacturera desplegada por el
poblado (Llobregat, 1990, 108). Los zócalos de las construcciones tenían una
altura media de 0’60 metros, y estaban hechos con piedras pequeñas y medianas
trabadas con barro. Por encima quedaban los adobes, cuya consistencia era la
misma del revestimiento utilizado para cubrir la parte exterior de los zócalos.
Los suelos de las casas eran de tierra apisonada. Se sabe que las paredes
interiores del Templo A estaban revestidas con arcilla mezclada con un pigmento
rojo. En otras casas se hallaron restos de pintura roja y azul sobre los
vestigios de los enlucidos interiores. De madera eran las vigas de los tejados,
recubiertos por elementos vegetales mezclados con barro, el cual actuaba como
aislante.
Una de las
dependencias (ib-3) del poblado ha sido interpretada como un taller donde se
trabajaba el esparto, con el cual se harían cuerdas y redes. Otra estancia
(ib-11) aportó muchas pesas de red. Y es que el enclave tenía entre sus
principales actividades la elaboración de salazones de pescado, las cuales se
envasarían en las propias ánforas fabricadas en el alfar. El edificio conocido
como el Templo A presenta una planta ligeramente trapezoidal, con la fachada
más amplia que la parte posterior. Tiene un pórtico “in antis” con dos columnas
ochavadas que dan paso a un “pronaos” estrecho y a una puerta grande, por la
cual se accedía a tres cámaras alargadas. La cámara central conducía a dos
estancias posteriores separadas por una pared intermedia. El almacén es un
edificio muy largo y estrecho, dividido en pasadizos perpendiculares a la pared
que actúa de fondo. En él se hallaron numerosos fragmentos de ánforas y de
piezas áticas. Parte del edificio estaba sellado, y en una de sus esquinas pudo
alzarse una torreta. Gracia (1995) interpretó esta construcción como un posible
almacén cerealístico, similar a otros documentados en el área ibérica,
caracterizados en general por el alineamiento de sus dependencias. El almacén
queda separado del Templo B por un callejón de casi un metro de ancho. El
Templo B, que no tuvo cubierta, presenta una planta cuadrangular de ocho metros
de lado. En él se identificaron dos niveles de uso: el inferior con dos
plataformas y el superior con dos tambores de columna estriada flanqueando una
losa plana, y también con dos plataformas. Cerca de las columnas apareció un
pequeño altar de tipo oriental. Para Marín Ceballos (1987, 57-58) el paralelo
más claro del Templo B es el templo de Salambó en Cartago, donde apareció un
pequeño altar para perfumes similar al de la Illeta, además de varios
pebeteros. La casa señorial, dotada de muchas habitaciones que proporcionaron
ricos materiales, dispuso de motivos pintados en sus paredes interiores.
Contaba con un patio preparado para recoger el agua de lluvia, e incluso pudo
tener un piso superior.
Almagro Gorbea y Domínguez de la Concha (1988-89) plantearon la posibilidad de
que el Templo A fuese en realidad una residencia palaciega o “regia” ibérica.
Sería el espacio áulico destinado a albergar al gobernante con su familia. Los
edificios singulares próximos, es decir, el Templo B y el almacén, se
integrarían en el conjunto de infraestructuras diseñadas para administrar el
enclave. El almacén acogería los excedentes de la producción agrícola y artesanal,
redistribuyéndolos adecuadamente. Es posible que, aun siendo una residencia
palaciega, el Templo A presenciase algunas de las funciones religiosas
encomendadas al soberano o gobernador del poblado. Moneo (1995) atribuyó una
función de culto funerario de tipo dinástico al Templo B, relacionándolo con
los restos funerarios de las proximidades, y comparándolo con el caso de un
posible “heroon” del templo de la Alcudia de Elche.
El alfar ibérico situado cerca de la Illeta fue excavado entre 1994 y 1996 por López
Seguí (1997, 223-250). Se localizaron cinco hornos de doble cámara, una
destinada a la combustión y otra para la cocción de los recipientes. Ambas
cámaras estaban separadas por la parrilla, perforada para permitir el paso del
calor desde la cámara inferior a la superior. Los cinco hornos, adscribibles a
dos tipos diferentes, tenían la cámara de combustión excavada en la tierra
natural, y en tres de ellos había constancia del “praefurnium”, colocado como
un apéndice de la cámara de cocción. El carácter contaminante de las
actividades realizadas en el alfar explica en parte su posición algo retirada
con respecto al pequeño poblado de la Illeta. El testar, al que eran arrojados
los fragmentos cerámicos desechados, consistía en un gran agujero excavado en la
arcilla blanca que forma el terreno natural. Casi todo el material recuperado
en la zona del alfar consiste en fragmentos de ánforas ibéricas, las cuales
eran fabricadas para envasar tanto las salazones de pescado preparadas en el
poblado como otros productos. Figueras Pacheco describió las ánforas
características de la Illeta como “de forma abellotada, carentes de cuello y
provistas de pequeñas asas cerca de la boca, la cual generalmente aparece
orlada por un pequeño resalte”. Las bases de estas ánforas son convexas, sin
pivotes ni apuntamientos destacados. Se hallaron también soportes semilunares
de sección triangular que podrían relacionarse con la disposición de las piezas
para la cocción.
La Illeta dels Banyets ha proporcionado gran cantidad de fragmentos de cerámica
griega (Garcia i Martín, 1997), sobre todo de barniz negro, que revelan la
importancia comercial que tuvo su tranquilo puerto y ayudan a datar los
momentos de mayor actividad del poblado ibérico en el siglo IV a.C. Se conocen
unos 36 grafitos sobre cerámicas procedentes de la Illeta, algunos en alfabeto
fenicio-púnico, pero la mayoría en alfabeto jónico foceo, adaptado por los
indígenas para escribir la lengua ibérica. Estos testimonios de escritura
greco-ibérica indican la frecuentación del enclave por parte de los
comerciantes griegos, y son signo de la probable colaboración de griegos e
indígenas en la redistribución comercial de ciertos productos. Llobregat (1993,
421-428) insistió en el aspecto empórico de la Illeta, que se configuraría como
un ámbito neutral e idóneo para la realización de los intercambios, cuya
equidad quedaría garantizada por las autoridades religiosas y políticas del
establecimiento. Los restos de época romana documentados en la Illeta parecen
corresponder a una villa, unas termas y unos viveros de peces excavados en la
roca. En cuanto a la posible torre islámica, pudo estar asociada a un reducido
hábitat agrícola.
El
Cabeçó de l’Estany, cuya traducción correcta sería Cabezo de la Albufera o de
la Laguna, es un pequeño y estratégico poblado de la época de la colonización
fenicia, dotado de sólidas instalaciones defensivas y de estructuras domésticas
e industriales. Los primeros trabajos arqueológicos, realizados en tres
sectores diferentes durante el año 1989, permitieron definir la secuencia
estratigráfica del yacimiento y sus fases culturales, evaluando además los
daños ocasionados por una cantera (González Prats y García Menárguez, 2000,
1529-1531). El asentamiento se sitúa sobre un pequeño cabezo alargado de 26
metros de altitud. Ocupa unos 3.000 m.2 y presenta una morfología de laderas
suaves, menos en su parte Oriental, que es mucho más pronunciada. El poblado
adquirió durante la fase del Hierro Antiguo un complejo y potente sistema
defensivo bien adaptado al terreno y que dejaba sólo libres los lados Norte y
Noreste, en los que el cauce del río servía como foso de defensa natural. El
poblado visualizaba un amplio sector del tramo final del Segura y de la bahía
costera, controlando la comunicación entre el asentamiento fenicio de La
Fonteta, próximo a la desembocadura del río, y las áreas interiores a través
del eje fluvial. Además de la fase del Hierro Antiguo, fechada entre fines del
siglo VIII y comienzos del siglo VI a.C., se documentó en el lugar otra fase,
muy reducida espacialmente, de época
tardorrepublicana romana.
En la Partida la Rinconada, sobre el río Segura y la
"Canyada dels Estanys", cercano a la urbanización El Edén. Siglos
VIII y VII AEC. Pequeño núcleo amurallado de origen fenicio, situado sobre la
margen derecha del río Segura, a unos 2 kilómetros al Oeste del casco urbano de
Guardamar.
Yacimiento arqueológico de la edad del hierro,
formado por un torreón y que servía de puesto de vigilancia sobre la antigua
albufera de Elche. Fue poblado desde el bronce final hasta época romana.
Pese a su parcial destrucción por una cantera, el
sistema defensivo del poblado está formado por una potente y singular muralla
con bastiones en saliente y estructura interior de "casamatas", de
tipología constructiva oriental.
En el interior del núcleo amurallado se documentan
viviendas angulares compartimentadas, donde se desarrollaron actividades de
carácter doméstico y artesanal, destacando la actividad metalúrgica.
La Fonteta, con la fortificación del Cabezo del Estany,
sería el foco de difusión y transmisión de productos, ritos y creencias
característicos de la cultura cananeo-fenicia en el Sudeste de la Península
Ibérica, explicando la presencia, pues, con igual fuerza que en Andalucía
occidental, de la fase del Hierro Antiguo u Orientalizante que caracteriza los
desarrollos culturales indígenas de estas regiones»
La existencia de hipotéticas
factorías comerciales fenicias en en la desembocadura del río Segura esta zona
era sospechada ya desde los años 70. Para Arteaga y Serna un centro
«neurálgico» fenicio situado en algún punto indeterminado en el triángulo Santa
Pola-Guardamar/Torrevieja-Tabarca explicaría los expresivos materiales fenicios
de los Saladares.
Desde su inicio conviven en el yacimiento los
productos torneados coloniales fenicios: ánforas y platos de barniz rojo,
cerámicas grises y policromas, como las urnas "cruz del negro, "etc.,
junto a las cerámicas toscas y bruñidas hechas a mano, que definen el horizonte
cultural del mundo indígena.
La colonia fenicia costera, la Fonteta, junto a
asentamientos de tipo fenicio, Castillo de Guardamar y Cabezo de l´Estany,
formarían un importante complejo urbano y territorial fenicio en la
desembocadura, completado con la existencia en algunos enclaves orientalizantes
de presencia directa fenicia, como en el complejo de la Penya Negra— ha servido
para defender la existencia de un nuevo foco de presencia colonial fenicia, de
cronología arcaica, asimilable al resto de núcleos peninsulares meridionales,
dentro de marcos cronológicos que la sitúan como una de las áreas con presencia
fenicia más antigua de la P. Ibérica
Dentro de la investigación protohistórica sobre los
fenicios, el comercio ha sido uno de los pilares del estudio arqueológico,
interpretándose tradicionalmente como el principal motor económico del mundo
orientalizante, a excepción de otras posturas que defendían el desarrollo de
políticas de implantación territorial como impulso económico.
Un problema de los estudios sobre las estructuras
comerciales protohistóricas ha sido la aplicación de modelos interpretativos o
terminologías modernas sin una reflexión previa sobre dichos conceptos, tales
es el caso de términos como economía, comercio o intercambio58. El comercio, interpretado de forma
determinista como vertebrador únicamente de intercambios con fines de
enriquecimiento o subsistencia, también incluye una dimensión social en la cual
existe una gran multiplicidad de transmisiones e interacciones relativas a la
esfera social y cultural, ya que la realización de estos intercambios de bienes
conlleva implícitamente el establecimiento de relaciones sociales e
intercambios de conocimiento entre los agentes implicados en esta actividad.
El modelo comercial colonial fenicio
Este primer modelo ha sido propuesto principalmente por
González Pratsa partir del análisis de los yacimientos de la Penya
Negra, Fonteta , Cabezo de l´Estany y Castillo de Guardamar entre otros, y
defiende la existencia de una estructura comercial fenicia, iniciada con el
establecimiento en la costa, en las proximidades de un antiguo estuario en la
actual desembocadura del río Segura, de un primer establecimiento fenicio a
mediados o incluso principios del s. VIII a.C., que vertebrará desde los
primeros momentos un sistema de intercambio de productos y bienes en toda el
área de la Depresión Meridional del Vinalopó-Segura, atraídos sin duda por la
existencia de una organización poblacional y económica indígena importante en
la Sierra de Crevillente y en las inmediaciones de la amplia llanura que forma
en su tramo inferior el río Segura con un doblamiento de caseríos agrícolas
como Los Saladares.
Este modelo plantea que la presencia fenicia directa en la
zona, es debida fundamentalmente, a la atracción que supone la existencia de
una producción metalúrgica indígena en la zona que entronca con las
producciones atlánticas80; la relativa facilidad en el aprovisionamiento de
mineral metálico, llegado a través de la redistribución de metal en los
circuitos regionales de intercambio, aunque incluso se llegó a plantear la
posibilidad de actividades extractivas en la S. de Crevillente, o incluso en la
S. Camara, en pleno Valle del Vinalopó81; así como el carácter
geoestratégico del área como zona de confluencia de vías de comunicación tanto
terrestres con el interior y el Sureste peninsular, fluviales con las áreas
interiores de los Valles del Segura y del Vinalopó, y marítimas con otras zonas
costeras.
Los primeros habitantes del cabezo regularon y
acondicionaron la topografía original del mismo antes de instalar las
diferentes estructuras. La muralla adquirió su mayor envergadura en la parte
Sur, alcanzando en algunos tramos los 5 metros de anchura. Su construcción se
basaba en lienzos de muros paralelos, reforzados en su cara externa con un
paramento en talud y en su cara interna con amplios contrafuertes. En su
extremo occidental la muralla meridional presentaba un bastión de planta
cuadrangular irregular y esquinas redondeadas. El lienzo de muralla del lado
Oeste recibe otros muros de forma perpendicular, configurándose en planta una
estructura de “pasillos” y “casamatas” a los que se accedía a través de vanos practicados en el paramento interno de la
muralla mediante un arco curvo de mampostería. En el interior de estas
estructuras se han documentado actividades relacionadas con la producción y el
consumo de alimentos, si bien algunas de ellas fueron inutilizadas en un momento
avanzado de la vida del enclave. En la cota más alta de la fortificación se
define un espacio cerrado intramuros de forma trapezoidal con todo el aspecto
de pequeña acrópolis. El conjunto defensivo es de mampostería irregular, de
arenisca y caliza calcárea, obtenida a pie de obra y trabada con mortero de
barro lagunar y algas marinas, detectándose, al menos en la cara interna de los
muros, un revoco de cal sobre el cuidadoso enlucido de barro.
Se localizaron algunas unidades de
habitación en el yacimiento, construidas mediante zócalos de mampostería,
alzados de adobe y pavimentos de tierra batida. Se trata de al menos cuatro
departamentos agrupados de planta cuadrangular, uno de los cuales, mayor que el
resto, tenía banco corrido y hogar circular, excavado en el subsuelo y apoyado
en el zócalo de una de sus paredes. El probable abandono ordenado y pacífico
del yacimiento dejó en el mismo una escasa cultura material. Convive la
producción alfarera indígena, representada por piezas realizadas a mano, de pastas
groseras y mal acabadas, con los productos torneados del horizonte colonial
fenicio, como cuencos y platos de barniz rojo, ánforas, cerámicas grises y
piezas polícromas, como "pithoi” y urnas de tipo Cruz del Negro. Junto a
algunos objetos de bronce, como agujas de cabeza cónica y un cuchillo de hoja
curva, se documentan los primeros elementos de hierro, principalmente cuchillos
afalcatados. La pesca, el marisqueo y la recolección asegurarían la
subsistencia de los pobladores del cabezo, entre los que existiría además un
interés por la exploración y el tanteo comercial que les llevaría a
relacionarse con las comunidades indígenas más cercanas. Los indicios de
actividad metalúrgica atestiguados en este enclave fenicio apuntan hacia el
interés por la plata y otros metales, explotados en las sierras de Orihuela y
Callosa del Segura. Pudo ser un establecimiento filial del gran puerto fenicio
de La Fonteta. Vigilaría el último tramo del eje fluvial que permitía acceder a
dicha colonia.