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martes, 29 de noviembre de 2011

L ´HORT DE LA TORRE




El yacimiento ibérico del Huerto de la Torre que ahora presentamos, se conoce como consecuencia de los trabajos arqueológicos que comenzaron en enero de 2007, después que el año anterior se detectaron vestigios arqueológicos en los trabajos de urbanización de unos terrenos propiedad del Ayuntamiento de Villalonga.
Una vez excavada la zona de las silos y estructuras de época romana y medieval, nos centramos en el edificio ibérico.

El Huerto de la Torre se encuentra en el término municipal de Vilallonga, muy cerca de la antigua población de Buixerques, en la partida del mismo nombre y frente al recinto amurallado antes mencionado. Se trata de una zona de terrazas situadas unos 15 metros sobre el río Serpis, junto al Gorg de la Torre, y muy aptas para el cultivo. En la actualidad es una zona de naranjos que ha pasado a ser urbanizable para la ampliación del núcleo urbano.

EL EDIFICIO

El edificio consiste en una sencilla estructura, de tendencia rectangular, de aproximadamente 7,5 m por 4,3 m, con un acceso en el muro occidental y sin compartimentación interior. Los paramentos oeste y sur se encuentran afectados por una canalización de época medieval y dos silos. Asimismo, los otros paramentos, mejor conservados, también se encuentran afectados por varias reembolsadas tardorromana y por el camino de acceso a la torre. El límite occidental del edificio coincide con el de la zona excavada. De esta manera, durante la intervención arqueológica no se podía asegurar si el edificio era aislado o formaba parte de uno mayor, así como no podemos saber si en la zona no excavada existen más edificios de esta época.
La estructura en cuestión está formada por muros, de los cuales sólo conservamos la cimentación o zócalo, ya que sería visible en la parte interior, pero no en el exterior.
Esta se compone de bloques de piedra irregulares, trabados con arcilla, que forman un solo paramento en el interior rebajado. Por las características del hundimiento, con abundancia de piedras, podemos suponer que el zócalo debía tener una altura mayor, y que el alzado sería de tierra pisada, pero no de adobes. También existe la posibilidad de que el alzado de las estructuras fuera todo de mampostería, como se observa en yacimientos contestanos del Puig y la Serreta de Alcoy, y el Pic Negre de Cocentaina .
Respecto de los adobes, son de color verde y rojo intenso, endurecidos por la acción del fuego. Ninguno de ellos nos ha dado una forma completa y se reconocieron por su textura y coloración distinta a la del resto de tierras. Se han encontrado fragmentos de adobes junto a cenizas en el ángulo suroeste, precisamente la zona más arrasada, que parecen tener una función específica, tal vez un hogar u horno. La tierra de todo el estrato de hundimiento es arcillosa, muy plástica, de color rojo intenso y sin casi intrusiones, por lo que consideramos que el alzado de los muros podría ser de tapia o quizá de "manteado", sin revestimiento de cal.

Dentro del derribo del edificio también encontramos partes de un gran molino y algunos elementos realizados con hierro.
El molino es rotatorio, está realizado con piedra caliza fosilífera, de color blanco con vetas rojizas e intrusiones de cuarzo rojo, y consta de dos partes: el elemento pasivo que corresponde a la parte inferior y es de aproximadamente 34 cm de diámetro conservado y 18 cm de altura, con un agujero central reforzado con plomo, y un elemento activo o muela que representa la parte superior y tiene unos 60 cm de diámetro y 14 cm de altura, con asas perforadas, de las cuales se conserva una que tiene 6 cm de diámetro y 8 cm de altura. no se ha encontrado ningún fragmento in situ, ni apoyo donde supuestamente debía estar fijo, tal como se observa para este tipo de molino en el Puntal dels Llops, en Olocau.

El molino rotatorio, atendiendo a su tamaño, necesitaba dos personas para su funcionamiento, y representa una acción de transformación agrícola que sobrepasa las necesidades de una familia. También se han encontrado fíbulas de hierro y algunas llaves.

 

En cuanto a la cronología que podemos obtener además de las cerámicas, observamos que las fíbulas de La Tène I aparecen en los poblados contestanos a partir de finales del siglo III a C, y sustituyen a las fíbulas anulares hispánicas, y es muy frecuente en contextos de inicios del siglo II a C.
A la hora de interpretar la estructura, lo primero que debemos de observar es la técnica constructiva, donde faltan los paramentos sólidos, el pavimento y una compartimentación interna.
Esto nos hace suponer que el hábitat no debió ser permanente, ya que las construcciones ibéricas son más consistentes en los poblados excavados. Esta estacionalidad también se refleja en los objetos de su interior, dado su carácter heterogéneo, ya que encontramos material tanto de uso doméstico, como de almacenamiento, industrial y de transporte y, por tanto, no puede tratarse de un edificio industrial ni tampoco de una simple residencia.
Tanto por la fragilidad de la estructura, como por la diversidad de materiales, suponemos que nos encontramos ante una construcción de uso temporal, lo que suele llamarse una cabaña.
Esta cabaña debió alojar un grupo familiar durante la temporada en que se realizan tareas agrícolas, como la siega, la molienda y, incluso, la distribución de excedentes.
Toda la cerámica documentada en la capa de derribo de el edificio que presentamos es de técnica ibérica. las únicas importaciones, de origen itálico, se encuentran en los niveles superficiales, aunque seguramente vinculados al único nivel ibérico, y son escasos los fragmentos de ánfora y de cerámica campaniana A. 
El conjunto recuperado entre el derribo del edificio presenta unas características bastante homogéneas: excepto algunas veces, se trata de pastas similares, de tonalidades anaranjadas con intrusiones pequeñas y algunos puntos de cuarzo y de cal, que suelen provocar vacuolas. El material aparece muy fragmentado y la tierra del yacimiento, por sus características y las constantes acumulaciones de agua, ha disminuido la calidad de la pátina y la decoración, que es siempre de color rojo vinoso y casi no se distingue. Sólo una pieza presenta características claramente distintas a las citadas: un pequeño calado, de pasta totalmente diferente, y que conserva casi toda la decoración. Respecto a las cerámicas de cocina (Grupo B), los fragmentos recuperados son todos parecidos, alisado en el exterior, con una pasta con abundante desengrasante blanco, y con un repertorio limitado a ollas y tapa 

Cerámica de transporte  y almacenamiento

ANFORAS

Las ánforas ibéricas pueden utilizarse tanto para el almacenamiento
como para el transporte tratándose  de un recipiente multifuncional.
Los individuos identificados, tres de ellos presentan características técnicas y morfológicas similares.
Son de pasta anaranjada y es difícil saber si se trata del tipo I-6 de Ribera (1982), característico del área edetana.
Se trata de ejemplares de cuerpo de tendencia cilíndrica, con líneas incisas, por la presión de cuerdas, a la altura del hombro, que es redondeado, donde se colocan las asas.
El labio tiene un engrosamiento achatado en el interior, un poco elevado en el exterior, y un diámetro de boca que oscila entre los 15 y los 18 cm. De esta forma encontramos abundantes paralelos, aunque parecen ser una producción local.
Aquí podemos encontrar tinajas, tinajillas, lebes, olpes, calathos, vajillas de mesa, platos que pueden relacionarse con la cerámica campaniense, orzas, bols, una botellita, una copita. Cabe destacar la ausencia de oinochoes.
La cerámica del edificio ibérico nos aporta una cronología cercana al último tercio del siglo II a C. Debido a la ausencia de importaciones, nos tenemos que basar en las imitaciones de las cerámicas itálicas y en los calados, que son considerados un fósil director. El resto de cerámicas ibéricas nos remiten producciones características del final del Ibérico Pleno, tanto del área edetana como contestana.
Respecto a la vajilla que imita las producciones itálicas, tenemos varios ejemplares que nos ofrecen una datación genérica de la segunda mitad del siglo II a C, con algunas puntualizaciones. También tenemos imitaciones de cerámica campaniense, que ofrece una datación un poco posterior, a partir de la mitad del siglo II a C.
Y finalmente, los cubiletes que encontramos son producciones de técnica ibérica influidas por las primeras cerámicas de "paredes finas" romanas que llegan a la península junto con la vajilla de barniz negro y las ánforas, que podemos datar también a partir de la segunda mitad del siglo II a C.
La mayoría de los tipos documentados son tradiciones del Ibérico Pleno, y los encontramos en los yacimientos de esta fase que desaparecen a principios del siglo II a C, pero también destaca la ausencia de algunas formas muy utilizadas en yacimientos del siglo III a C, como son las tinajas y tinajillas con hombro, los jarrones de boca trilobulada o los platos de labio colgante recto que imitan la forma Lamb. 23. 
Sólo algunas piezas nos ofrecen una datación más concreta, como es el caso del Olpe núm. 1, que aparece en los niveles de destrucción de la Seña (c. 150 aC), del poblado.

Después del estudio, tanto de las estructuras como los materiales de su interior, podemos afirmar que este yacimiento es un edificio aislado, datado en el último tercio del siglo II aC, y con una función claramente agrícola y estacional, ya que no dispone de estructuras excesivamente sólidas ni compartimentación para distintos ámbitos domésticos, y se encuentra en una zona poco protegida y alejada de los núcleos principales de población.
Se trataría de una forma de explotación de los recursos, tal como hasta nuestros días han existido las casetas de campo, de modo que las tareas agrícolas se combinarían con la residencia para proteger la producción y para evitar el desplazamiento diario al poblado de origen. De este modo,  su interpretación hay que hacerla con relación al poblamiento comarcal con el que se vincula necesariamente.
La excavación de este fondo de cabaña en terreno llano, adscrito al Ibérico Final, implica un mejor conocimiento a la hora de valorar el sistema de poblamiento del mundo ibérico en las tierras del sur de la actual provincia de Valencia, en la comarca de la Safor. Esta zona se sitúa en la parte norte de la Contestania, con abundantes puntos en común respecto a la zona central en cuanto a cultura material (Grado, 2002). En un reciente estado de la cuestión del poblamiento ibérico en la Safor (Grado, 2000), sólo se documentan dos yacimientos situados en el plan y de cronología similar: Ador y el Camino del Plan de Oliva.
Del yacimiento de Ador no se dispone de mucha información, pero
la proximidad en el Huerto de la Torre lo hace interesante en cuanto a que también es un yacimiento ibérico en plano y con una categoría de "caserío" y misma datación, del Camino del Plan, consideramos que no se puede conocer la extensión, que el autor supone mayor que un caserío, y respecto a la cronología, su registro cerámico es muy similar al del Huerto de la Torre, lo que refleja su contemporaneidad.
A la hora de valorar la categoría del asiento dentro la organización territorial observada en la Contestania, primero debemos considerar la funcionalidad y su carácter temporal, así como su extensión, menor de media hectárea, lo que supondría lo Grado llama "Caserío".
Este es un tipo de instalación que depende de un núcleo mayor de población, tanto para la defensa y administración, como para la vivienda durante el resto del año.
El Huerto de la Torre, también depende, directa o indirectamente, de un oppidum, que no estamos en condiciones de reconocer. Algunos de los yacimientos ibéricos más sugerentes para ejercer esta categoría por proximidad son el Rabat (Rafelcofer), el Castillo de Palma (Palma de Gandía) y el Castillo de Villalonga. De estos dos últimos yacimientos no se ha realizado ningún estudio ni intervención, y la del Rabat está muy centrada en el momento Sertoes, aunque también se identificó una fase de finales del siglo III a inicios del II a C (Aparicio y el, 1983).
La única finalidad del asentamiento del Huerto de la Torre está relacionada con la explotación agrícola de su entorno.
La presencia del molino rotatorio confirma la importancia de una agricultura cerealística, para el consumo propio del grupo familiar familiar que la explotaría, pero también para la distribución de excedentes, ya que se trata de un molino con capacidad para transformar mucho más grano de lo que cualquier familia necesita, y más si atendemos las reducidas dimensiones del edificio. dentro de esta vinculación del edificio con el cereal, aparte del molino, el podal también implica una función relacionada con las tareas agrícolas. Finalmente, también nos informa de la funcionalidad agrícola su emplazamiento
El tipo de suelo donde se ubica el yacimiento es de capacidad elevada y se encuentra en escasos 50 metros de otros suelos de una capacidad muy superior para la presencia de las generosas aportaciones del río Serpis.
Por otra parte, el comercio no representa una actividad importante en el yacimiento, fuera de la producción de los excedentes destinados al asentamiento de origen que se debía encargar de su redistribución. Tampoco hay evidencias de ninguna otra actividad económica, dado el carácter específico del edificiodentro de la economía ibérica.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

TOSSAL DE MANISES

El yacimiento del Tossal de Manises se emplaza en una colina de 38 metros de altitud, próxima a la playa de La Albufereta y alejada 3’5 kilómetros del casco histórico de la ciudad de Alicante. Se trata de la Lucentum romana, desarrollada a partir de un poblado ibérico que conoció también brevemente, en el último tercio del siglo III a.C., el dominio cartaginés, hasta el extremo de no descartarse su posible identificación con la fundación bárquida de Akra Leuke. El topónimo del Tossal de Manises está relacionado con la abundancia de restos cerámicos, los cuales cubrían la superficie de la colina. El yacimiento, cercado por una valla desde 1973, ocupa 5 hectáreas; a pesar de haberse preservado la totalidad del núcleo amurallado romano, los complejos turísticos construidos a su alrededor provocaron la desaparición de otros barrios, villas y factorías de salazones. La ciudad dispuso en época protohistórica y romana de un puerto interior con excelentes condiciones de refugio, a salvo de los vientos de tramontana y levante. Esta zona pasó a ser en épocas posteriores pantanosa e insalubre, hasta su completa desecación en 1928. Al otro lado de la antigua Albufereta, cuyo recuerdo permanece en el topónimo de la actual playa, se sitúa la Serra Grossa, que alcanza los 175 metros de altitud. Al Este del yacimiento queda el cabo Huertas, que contribuyó a resguardar la antigua zona portuaria. Curiosamente han sido los hallazgos epigráficos los que, tras invitar a poner en duda la ubicación de Lucentum en el Tossal de Manises en favor del barrio alicantino de Benalúa, confirmaron finalmente la primera y tradicional identificación, mientras que en cambio en Benalúa habría quizás un conjunto de grandes villas centradas en los siglos V y VI.

A fines del siglo XVIII el Conde de Lumiares realizó las primeras excavaciones en el Tossal de Manises, del que ya desde el siglo anterior existían algunas referencias escritas. Entre 1931 y 1935, J. Lafuente y F. Figueras dirigieron de forma sucesiva grandes campañas de excavación, exhumando casi tres cuartas partes de lo hasta hoy conocido del yacimiento. Los dos autores defendieron que el enclave se correspondía con Lucentum, identificación ya propuesta por el conde de Lumiares, atribuyéndole además un pasado griego y cartaginés. Los esfuerzos de ambos por dignificar y salvar el yacimiento condujeron a su declaración como Monumento Histórico-Artístico en 1961. Las posteriores presiones urbanísticas obligaron a realizar nuevas excavaciones en las zonas altas y orientales del yacimiento, las cuales fueron dirigidas por M. Tarradell y E. Llobregat. Estos trabajos pusieron al descubierto la denominada Puerta Oriental, documentaron los niveles ibéricos y romanos, y permitieron fechar una destrucción amplia de la ciudad romana en el siglo III de nuestra era en función de un fuerte nivel de incendio. El Estado compró los terrenos en que se ubica el yacimiento, cuyo proceso de deterioro continuó a pesar de la realización de algunas consolidaciones y restauraciones puntuales. Entre 1990 y 1992 se reemprendieron los trabajos, codirigidos por E. Llobregat y M. Olcina, y encaminados a conocer mejor las estructuras ya descubiertas. Se actuó en diversos puntos de la muralla oriental, en las termas y en la llamada calle de Popilio, desbrozando además la vegetación acumulada y levantándose planos de todas las estructuras visibles. En 1994 se emprendió un amplio proyecto de recuperación y puesta en valor del yacimiento, de modo que éste ha quedado musealizado de forma modélica. Los nuevos sondeos practicados han aclarado problemas de interpretación y cronología, si bien los resultados son parciales y exigen investigaciones futuras.

El origen del poblado ibérico del Tossal de Manises hay que situarlo a fines del siglo V o comienzos del siglo IV a.C. La mayor parte de los materiales de cronología temprana, como cerámicas áticas de figuras rojas y de barniz negro, apareció sin asociarse a estructuras contemporáneas. Las estructuras más antiguas descubiertas hasta ahora son las de la cumbre del cerro, que a pesar de estar bastante arrasadas han podido fecharse en pleno siglo III a.C. Es probable que la trama urbana del poblado ibérico se extendiese por la parte superior del cerro y por la vertiente sureste, si bien las excavaciones en estas zonas no han proporcionado indicios claros, ya que la roca aflora rápidamente, y las posteriores construcciones romanas, muchas de las cuales se asientan directamente sobre ella, pudieron arrasar las edificaciones precedentes (Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 37). En cualquier caso el núcleo ibérico no sobrepasaría la hectárea y media, pues en zonas más bajas, con teóricas condiciones mejores para la conservación de las estructuras más antiguas, éstas no aparecen. El puerto natural de La Albufereta era controlado tanto desde el poblado del Tossal de Manises como desde el cercano y pequeño establecimiento fortificado del Tossalet de les Bases, situado en el lado occidental de la antigua Albufereta, y fechado en los siglos IV y III a.C. El enclave del Tossal de Manises es rico en diversificados envases anfóricos, especialmente de tipos púnicos, así como en piezas de barniz negro de origen itálico, quizás comercializadas también por agentes púnicos. Es posible que el poblado centralizase durante el siglo III a.C. buena parte de las actividades comerciales marítimas que afectaban al área alicantina, pues por entonces ya había sucumbido el importante centro costero de La Picola en Santa Pola. El poblado del Tossal de Manises pudo canalizar los productos mediterráneos que recibía hacia áreas interiores, tanto hacia el corredor del Vinalopó a través del valle de Agost como hacia el área de La Serreta de Alcoy a través del valle de Jijona y de los pasos montañosos septentrionales.

En el último tercio del siglo III a.C. se produjo una transformación radical del poblado ibérico, el cual se dotó de una potente fortificación perimetral cuya forma aproximada en planta es la de un hacha. Dentro de la muralla quedaron englobadas las zonas más altas del cerro, incluyendo una pequeña elevación secundaria que alcanza algo más de 29 metros, y que de haber quedado extramuros habría comprometido mucho la defensa del recinto. La ampliación de la superficie habitada del poblado implicó una redistribución del hábitat de la zona, ya que se abandonó el Tossalet de les Bases, trasladándose probablemente su población al Tossal de Manises. La reestructuración urbanística y defensiva del Tossal de Manises pudo coincidir con el comienzo del dominio bárquida sobre el asentamiento, situado estratégicamente, tanto por sus vínculos viarios con las áreas interiores como por estar a medio camino entre dos importantes centros costeros púnicos: Ibiza y Cartagena. En la misma época en que se construyó la muralla se adosaron a la cara interna de la misma otras edificaciones, interpretadas como viviendas o almacenes. Las calles, algunas de las cuales eran perpendiculares a la muralla, seguían un trazado muy diferente al de las posteriores calles romanas. Las técnicas constructivas y poliorcéticas empleadas en el engrandecimiento del poblado ibérico son tan avanzadas que tras ellas hemos de ver la actuación directa de los cartagineses. Las grandes torres huecas y la presencia de un potente antemural son elementos tomados de una arquitectura de tipo helenístico concebida para hacer frente a las modernas técnicas de asalto de las potencias coloniales de la época. Los rasgos púnicos de la planificación y ejecución del diseño urbanístico se manifiestan muy claramente, además de en el avanzado sistema de drenaje, en la llamada “casa de patio triangular”, donde el tipo de cisterna y los pavimentos de las estancias son ajenos a las tradiciones indígenas.

La fortificación de fines del siglo III a.C. (Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 56-57) delimitaba un espacio de unas 3 hectáreas de extensión. Contaba con grandes torres huecas, tres de las cuales, de 8, 10 y 11’30 metros de frente, se disponían en el lado oriental. Estas torres tenían al menos dos pisos de altura y estaban unidas por una estrecha muralla de algo más de un metro de espesor. El piso inferior de dos de las torres quedaba compartimentado en tres espacios, de los cuales el central era el más amplio. Los muros serían de adobe sobre zócalos de piedra, única parte que ha subsistido. El aparejo tiende a ser regular en muchas partes, sobre todo en las torres, donde es mayor el cuidado en la talla y adecuación de los bloques. Las cubiertas de las construcciones adosadas al interior de la muralla servirían como adarve, probablemente protegido por un parapeto almenado. A unos 10 metros de las torres de la parte oriental se erguía un antemural de enormes bloques irregulares para impedir la aproximación a la muralla de los ingenios de asalto. Entre la muralla y el antemural existía otro muro intermedio que pudo servir para formar un escalón como segunda línea de defensa. La muralla y las torres estaban enlucidas con una gruesa capa de arcilla roja, quizás cubierta con cal para fijarla y evitar su descomposición. Habría dos puertas de acceso al poblado, ambas en la parte oriental de la muralla, protegidas cada una de ellas por una torre bastante distanciada del tramo central en que se concentraban las otras torres. Hasta una de las puertas llegaban unas carriladas realizadas sobre la roca. Los elementos defensivos descritos apuntan sin duda hacia una avanzada arquitectura militar de carácter helenístico, signo del interés que para los cartagineses tuvo el enclave.
De la arquitectura doméstica de época ibérica plena se conocen en la cumbre del cerro, bajo un mosaico de “opus signinum”, dos muros perpendiculares que determinan un posible espacio abierto enlosado en el lado Sur. La unidad de vivienda más antigua bien reconocible es la llamada “casa de patio triangular” (Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 79), contemporánea de la primera fortificación y adosada a la misma. De ella se han descubierto tres estancias; la más importante es la central, en la que se abre una cisterna oblonga de extremos curvos y 4 metros de profundidad, 3 de ellos excavados en la roca; su mortero de recubrimiento interior es de argamasa de cal con cenizas, y su cubierta consistía en un envigado de madera. El agua llegaba hasta la cisterna por un canal de tubos cerámicos situados bajo el pavimento, y que provenían de una arqueta de decantación de planta circular situada en un patiecillo de planta triangular. A su vez el agua llegaba hasta la arqueta desde la cubierta de una de las torres por medio de una tubería, quizás cerámica. Es el depósito más antiguo conocido en el poblado, y su factura es probablemente púnica. La “casa de patio triangular”, bien pavimentada con argamasa, constaría de uno o dos pisos, sirviendo su cubierta plana como parte del adarve de la muralla. Tanto esta disposición como su estructuración interna recuerdan el modelo de las viviendas del barrio de Byrsa en Cartago. Las aguas residuales de la ciudad y la pluvial no recogida iban a parar a las calles, dificultando el tránsito y estropeando los pavimentos y la base enlucida de los paramentos. Ello condujo a la realización de un canal cubierto de losetas de piedra que permitía evacuar el agua hacia el exterior del poblado. Este sencillo sistema se vio bastante mejorado por el alcantarillado romano.

Ya en la primera mitad del siglo II a.C., iniciada la romanización, se detectan algunos síntomas de ruina en las edificaciones levantadas en el período de expansión del poblado, como la falta de mantenimiento de la cisterna de la “casa de patio triangular”, el posible abandono de algunos almacenes adosados a la cara interna de la muralla, y la destrucción de algunas estructuras que luego quedaron bajo el nuevo trazado de las calles.
Se produjo un incremento de las relaciones comerciales con el ámbito itálico, como señalan las cerámicas campanienses y las ánforas de los tipos grecoitálico y Dressel 1, pero se mantuvieron e incluso se intensificaron los contactos con los centros comerciales de tradición fenicio-púnica, ilustrados por la pervivencia de las ánforas de tipos púnicos. Hacia finales del siglo II a.C. se reforzó considerablemente el sistema defensivo previo, que quizás se había visto muy deteriorado. Se engrosó la muralla, reaprovechando para ello algunos sillares con huellas para alojar grapas metálicas, pertenecientes quizás a antiguos monumentos funerarios de la cercana necrópolis de La Albufereta. Una de las torres de este momento presenta en relieve la cabeza de un toro, imagen simbólica y apotropaica que alude alegóricamente al carácter inexpugnable de la fortificación. Las reformas del recinto amurallado continuaron en el siglo siguiente, fechándose hacia la época del conflicto sertoriano (82-72 a.C.) la primera fase de la Puerta Oriental. Esta puerta quedaba flanqueada por un grueso bastión y por una torre de base maciza con probable cámara superior, creando una especie de pasillo fácil de defender. Era una puerta doble, es decir, compuesta por dos pares de hojas paralelas que se articulaban sobre cuatro quicialeras aún visibles. Las construcciones asociadas a la puerta se levantaron con grandes bloques trabados con argamasa terrosa mezclada con algo de cal. La Puerta Oriental fue reformada a inicios de la era, pasando a ser única y de doble hoja, haciendo así sitio a una pequeña calle. Presentaría umbral y jambas de sillería, dotándose además probablemente de un arco de medio punto, con lo que pasaba a ser más un elemento de orgullo ciudadano que un artificio defensivo.
Parece que ni las guerras sertorianas ni los conflictos civiles posteriores afectaron negativamente al Tossal de Manises, que pudo reforzar así su preeminencia regional. Desde poco después de la mitad del siglo I a.C. y hasta principios de nuestra era se trazaron nuevas calles ortogonales que transformaron por completo el panorama urbano. La ciudad recibió en época augustea el estatuto jurídico de municipio, lo que se tradujo en su monumentalización con edificios institucionales y de carácter público. En época de los emperadores julio-claudios se construyeron el foro, los dos edificios termales y el alcantarillado, reforzándose además la Puerta Oriental y derribándose algunos tramos de la muralla para permitir la expansión de la ciudad (Olcina y Pérez Jiménez, 1998, 43). A través de una inscripción actualmente perdida se sabe que hubo en Lucentum un templo dedicado a la diosa Juno. El territorio dependiente del municipio de Lucentum limitaba con las áreas adscritas a Ilici al Sur y a Villajoyosa al Norte. Las cerámicas figuradas de estilo “Elche-Archena” dieron paso a las abundantes “sigillatas”, de barniz rojo, provenientes sobre todo de los ámbitos itálico y galo. En el último cuarto del siglo I comenzó el progresivo declive de Lucentum en favor de la ciudad de Ilici y de su Portus Ilicitanus (Santa Pola), que absorbió gran parte del tráfico comercial y marítimo en la región. Ya en el siglo III Lucentum quedó prácticamente despoblada, si bien hay indicios de frecuentaciones o de un poblamiento marginal hasta el siglo VI, habiéndose descubierto además algunas tumbas de época islámica.

lunes, 21 de noviembre de 2011

CABEZO DE L´ESTANY





El Cabeçó de l’Estany, cuya traducción correcta sería Cabezo de la Albufera o de la Laguna, es un pequeño y estratégico poblado de la época de la colonización fenicia, dotado de sólidas instalaciones defensivas y de estructuras domésticas e industriales. Los primeros trabajos arqueológicos, realizados en tres sectores diferentes durante el año 1989, permitieron definir la secuencia estratigráfica del yacimiento y sus fases culturales, evaluando además los daños ocasionados por una cantera (González Prats y García Menárguez, 2000, 1529-1531). El asentamiento se sitúa sobre un pequeño cabezo alargado de 26 metros de altitud. Ocupa unos 3.000 m.2 y presenta una morfología de laderas suaves, menos en su parte Oriental, que es mucho más pronunciada. El poblado adquirió durante la fase del Hierro Antiguo un complejo y potente sistema defensivo bien adaptado al terreno y que dejaba sólo libres los lados Norte y Noreste, en los que el cauce del río servía como foso de defensa natural. El poblado visualizaba un amplio sector del tramo final del Segura y de la bahía costera, controlando la comunicación entre el asentamiento fenicio de La Fonteta, próximo a la desembocadura del río, y las áreas interiores a través del eje fluvial. Además de la fase del Hierro Antiguo, fechada entre fines del siglo VIII y comienzos del siglo VI a.C., se documentó en el lugar otra fase, muy reducida espacialmente, de época 
 tardorrepublicana romana.
 
En la Partida la Rinconada, sobre el río Segura y la "Canyada dels Estanys", cercano a la urbanización El Edén. Siglos VIII y VII AEC. Pequeño núcleo amurallado de origen fenicio, situado sobre la margen derecha del río Segura, a unos 2 kilómetros al Oeste del casco urbano de Guardamar.
Yacimiento arqueológico de la edad del hierro, formado por un torreón y que servía de puesto de vigilancia sobre la antigua albufera de Elche. Fue poblado desde el bronce final hasta época romana.
Pese a su parcial destrucción por una cantera, el sistema defensivo del poblado está formado por una potente y singular muralla con bastiones en saliente y estructura interior de "casamatas", de tipología constructiva oriental.
En el interior del núcleo amurallado se documentan viviendas angulares compartimentadas, donde se desarrollaron actividades de carácter doméstico y artesanal, destacando la actividad metalúrgica.
La Fonteta, con la fortificación del Cabezo del Estany, sería el foco de difusión y transmisión de productos, ritos y creencias característicos de la cultura cananeo-fenicia en el Sudeste de la Península Ibérica, explicando la presencia, pues, con igual fuerza que en Andalucía occidental, de la fase del Hierro Antiguo u Orientalizante que caracteriza los desarrollos culturales indígenas de estas regiones»
La existencia de hipotéticas factorías comerciales fenicias en en la desembocadura del río Segura esta zona era sospechada ya desde los años 70. Para Arteaga y Serna un centro «neurálgico» fenicio situado en algún punto indeterminado en el triángulo Santa Pola-Guardamar/Torrevieja-Tabarca explicaría los expresivos materiales fenicios de los Saladares.
Desde su inicio conviven en el yacimiento los productos torneados coloniales fenicios: ánforas y platos de barniz rojo, cerámicas grises y policromas, como las urnas "cruz del negro, "etc., junto a las cerámicas toscas y bruñidas hechas a mano, que definen el horizonte cultural del mundo indígena.
La colonia fenicia costera, la Fonteta, junto a asentamientos de tipo fenicio, Castillo de Guardamar y Cabezo de l´Estany, formarían un importante complejo urbano y territorial fenicio en la desembocadura, completado con la existencia en algunos enclaves orientalizantes de presencia directa fenicia, como en el complejo de la Penya Negra— ha servido para defender la existencia de un nuevo foco de presencia colonial fenicia, de cronología arcaica, asimilable al resto de núcleos peninsulares meridionales, dentro de marcos cronológicos que la sitúan como una de las áreas con presencia fenicia más antigua de la P. Ibérica
Dentro de la investigación protohistórica sobre los fenicios, el comercio ha sido uno de los pilares del estudio arqueológico, interpretándose tradicionalmente como el principal motor económico del mundo orientalizante, a excepción de otras posturas que defendían el desarrollo de políticas de implantación territorial como impulso económico.
Un problema de los estudios sobre las estructuras comerciales protohistóricas ha sido la aplicación de modelos interpretativos o terminologías modernas sin una reflexión previa sobre dichos conceptos, tales es el caso de términos como economía, comercio o intercambio58. El comercio, interpretado de forma determinista como vertebrador únicamente de intercambios con fines de enriquecimiento o subsistencia, también incluye una dimensión social en la cual existe una gran multiplicidad de transmisiones e interacciones relativas a la esfera social y cultural, ya que la realización de estos intercambios de bienes conlleva implícitamente el establecimiento de relaciones sociales e intercambios de conocimiento entre los agentes implicados en esta actividad.


El modelo comercial colonial fenicio


Este primer modelo ha sido propuesto principalmente por González Prats a partir del análisis de los yacimientos de la Penya Negra, Fonteta , Cabezo de l´Estany y Castillo de Guardamar entre otros, y defiende la existencia de una estructura comercial fenicia, iniciada con el establecimiento en la costa, en las proximidades de un antiguo estuario en la actual desembocadura del río Segura, de un primer establecimiento fenicio a mediados o incluso principios del s. VIII a.C., que vertebrará desde los primeros momentos un sistema de intercambio de productos y bienes en toda el área de la Depresión Meridional del Vinalopó-Segura, atraídos sin duda por la existencia de una organización poblacional y económica indígena importante en la Sierra de Crevillente y en las inmediaciones de la amplia llanura que forma en su tramo inferior el río Segura con un doblamiento de caseríos agrícolas como Los Saladares.
Este modelo plantea que la presencia fenicia directa en la zona, es debida fundamentalmente, a la atracción que supone la existencia de una producción metalúrgica indígena en la zona que entronca con las producciones atlánticas80; la relativa facilidad en el aprovisionamiento de mineral metálico, llegado a través de la redistribución de metal en los circuitos regionales de intercambio, aunque incluso se llegó a plantear la posibilidad de actividades extractivas en la S. de Crevillente, o incluso en la S. Camara, en pleno Valle del Vinalopó81; así como el carácter geoestratégico del área como zona de confluencia de vías de comunicación tanto terrestres con el interior y el Sureste peninsular, fluviales con las áreas interiores de los Valles del Segura y del Vinalopó, y marítimas con otras zonas costeras.
Los primeros habitantes del cabezo regularon y acondicionaron la topografía original del mismo antes de instalar las diferentes estructuras. La muralla adquirió su mayor envergadura en la parte Sur, alcanzando en algunos tramos los 5 metros de anchura. Su construcción se basaba en lienzos de muros paralelos, reforzados en su cara externa con un paramento en talud y en su cara interna con amplios contrafuertes. En su extremo occidental la muralla meridional presentaba un bastión de planta cuadrangular irregular y esquinas redondeadas. El lienzo de muralla del lado Oeste recibe otros muros de forma perpendicular, configurándose en planta una estructura de “pasillos” y “casamatas” a los que se accedía a través de vanos practicados en el paramento interno de la muralla mediante un arco curvo de mampostería. En el interior de estas estructuras se han documentado actividades relacionadas con la producción y el consumo de alimentos, si bien algunas de ellas fueron inutilizadas en un momento avanzado de la vida del enclave. En la cota más alta de la fortificación se define un espacio cerrado intramuros de forma trapezoidal con todo el aspecto de pequeña acrópolis. El conjunto defensivo es de mampostería irregular, de arenisca y caliza calcárea, obtenida a pie de obra y trabada con mortero de barro lagunar y algas marinas, detectándose, al menos en la cara interna de los muros, un revoco de cal sobre el cuidadoso enlucido de barro.
Se localizaron algunas unidades de habitación en el yacimiento, construidas mediante zócalos de mampostería, alzados de adobe y pavimentos de tierra batida. Se trata de al menos cuatro departamentos agrupados de planta cuadrangular, uno de los cuales, mayor que el resto, tenía banco corrido y hogar circular, excavado en el subsuelo y apoyado en el zócalo de una de sus paredes. El probable abandono ordenado y pacífico del yacimiento dejó en el mismo una escasa cultura material. Convive la producción alfarera indígena, representada por piezas realizadas a mano, de pastas groseras y mal acabadas, con los productos torneados del horizonte colonial fenicio, como cuencos y platos de barniz rojo, ánforas, cerámicas grises y piezas polícromas, como "pithoi” y urnas de tipo Cruz del Negro. Junto a algunos objetos de bronce, como agujas de cabeza cónica y un cuchillo de hoja curva, se documentan los primeros elementos de hierro, principalmente cuchillos afalcatados. La pesca, el marisqueo y la recolección asegurarían la subsistencia de los pobladores del cabezo, entre los que existiría además un interés por la exploración y el tanteo comercial que les llevaría a relacionarse con las comunidades indígenas más cercanas. Los indicios de actividad metalúrgica atestiguados en este enclave fenicio apuntan hacia el interés por la plata y otros metales, explotados en las sierras de Orihuela y Callosa del Segura. Pudo ser un establecimiento filial del gran puerto fenicio de La Fonteta. Vigilaría el último tramo del eje fluvial que permitía acceder a dicha colonia.