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martes, 22 de noviembre de 2011

ILLETA DELS BANYETS


La Illeta dels Banyets se encuentra situada en el término municipal de El Campello, en la provincia de Alicante. Fue una península que quedó separada de la costa por un terremoto, acaecido quizás en el siglo XI, que es cuando se datan los últimos restos materiales del lugar. La parte que la unía a tierra quedó destruida o muy erosionada. En 1943, mediante la utilización de explosivos, se unió de nuevo la isla a tierra, sirviendo así mejor como refugio de pescadores. Esta actuación destruyó gran parte de la necrópolis prehistórica. Actualmente la Illeta dels Banyets es una pequeña península de unos doscientos metros de largo por cien de anchura máxima. Sus dos tercios occidentales, donde estuvo el hábitat ibérico, forman un terreno llano que alcanza los 7’80 metros de altitud, mientras que la parte oriental, muy erosionada por la acción del mar y del viento, no supera los 2 metros. El lugar ya estuvo ocupado durante el Bronce argárico. Del Bronce Final son dos aljibes y algunas edificaciones angulares. Tras un período de abandono, el yacimiento fue nuevamente habitado en época ibérica, sobre todo en el siglo IV a.C. A un nuevo abandono siguió la ocupación romana en los dos primeros siglos de nuestra era. Los últimos restos están asociados a una posible atalaya islámica del siglo XI.

Las primeras excavaciones arqueológicas en la Illeta dels Banyets fueron realizadas entre los años 1931 y 1935 por Figueras Pacheco, el cual se había visto atraído por el lugar tras la lectura de una crónica del siglo XVII en la que Vicente Bendicho identificaba este hábitat costero con la antigua Alonis, pasando a describir después sus importantes ruinas. Las excavaciones dirigidas por Figueras Pacheco sacaron a la luz enterramientos de la Edad del Bronce, algunas construcciones ibéricas y un posible “ustrinum” púnico con materiales parecidos a los que por entonces salían en la necrópolis de la Albufereta. Cerca de la Illeta localizó un alfar ibérico con numerosos restos anfóricos, del cual excavó tres hornos (Figueras Pacheco, 1950). El Padre Belda, siendo director del Museo Arqueológico Provincial de Alicante, llevó a cabo algunos trabajos en la parte oriental de la Illeta, pero sin aportar documentación sobre los mismos. Entre los años 1974 y 1986 se desarrollaron en la Illeta numerosas campañas arqueológicas dirigidas por Llobregat (1993), y que dejaron al descubierto prácticamente la mitad del hábitat ibérico, incluyendo los dos templos y el almacén, así como algunas estructuras de la Edad del Bronce y de época romana.

Del período del Bronce argárico aparecen en la Illeta restos de un edificio de planta casi circular alrededor del cual se situaban tumbas de piedra con uno o dos cadáveres y ajuares diversos, que incluían cerámicas, puñales, punzones y botones de perforación en V (Simón García, 1997, 47-131). Una inundación acompañada de la deposición violenta de piedras y fango pudo motivar el abandono del lugar. Éste fue nuevamente ocupado en el Bronce Final, como indican las cenizas que rellenaban las grietas de la roca natural. Quizás fue en el paso de la Edad del Bronce a la del Hierro cuando se niveló artificialmente el terreno, se levantaron algunos muros rectos que ahora quedan bajo el Templo A, y se excavaron en la roca dos albercas.
El hábitat ibérico de la Illeta se caracteriza por presentar un urbanismo regular, organizándose las construcciones a lo largo de una calle principal de la que parten otros accesos transversales (Olcina y Garcia, 1997, 31). No se han encontrado en el poblado restos de murallas, si bien pudo tenerlas en algunos puntos. Las construcciones menores, de planta cuadrangular, suelen estar adosadas y muy compartimentadas. Hay espacios identificables como talleres, tanto en la propia Illeta como junto a ella, donde se localizó el alfar. Las edificaciones principales consisten en dos posibles templos, un almacén y una casa señorial, tal vez relacionada con el gobierno y la administración de la actividad mercantil y manufacturera desplegada por el poblado (Llobregat, 1990, 108). Los zócalos de las construcciones tenían una altura media de 0’60 metros, y estaban hechos con piedras pequeñas y medianas trabadas con barro. Por encima quedaban los adobes, cuya consistencia era la misma del revestimiento utilizado para cubrir la parte exterior de los zócalos. Los suelos de las casas eran de tierra apisonada. Se sabe que las paredes interiores del Templo A estaban revestidas con arcilla mezclada con un pigmento rojo. En otras casas se hallaron restos de pintura roja y azul sobre los vestigios de los enlucidos interiores. De madera eran las vigas de los tejados, recubiertos por elementos vegetales mezclados con barro, el cual actuaba como aislante.

Una de las dependencias (ib-3) del poblado ha sido interpretada como un taller donde se trabajaba el esparto, con el cual se harían cuerdas y redes. Otra estancia (ib-11) aportó muchas pesas de red. Y es que el enclave tenía entre sus principales actividades la elaboración de salazones de pescado, las cuales se envasarían en las propias ánforas fabricadas en el alfar. El edificio conocido como el Templo A presenta una planta ligeramente trapezoidal, con la fachada más amplia que la parte posterior. Tiene un pórtico “in antis” con dos columnas ochavadas que dan paso a un “pronaos” estrecho y a una puerta grande, por la cual se accedía a tres cámaras alargadas. La cámara central conducía a dos estancias posteriores separadas por una pared intermedia. El almacén es un edificio muy largo y estrecho, dividido en pasadizos perpendiculares a la pared que actúa de fondo. En él se hallaron numerosos fragmentos de ánforas y de piezas áticas. Parte del edificio estaba sellado, y en una de sus esquinas pudo alzarse una torreta. Gracia (1995) interpretó esta construcción como un posible almacén cerealístico, similar a otros documentados en el área ibérica, caracterizados en general por el alineamiento de sus dependencias. El almacén queda separado del Templo B por un callejón de casi un metro de ancho. El Templo B, que no tuvo cubierta, presenta una planta cuadrangular de ocho metros de lado. En él se identificaron dos niveles de uso: el inferior con dos plataformas y el superior con dos tambores de columna estriada flanqueando una losa plana, y también con dos plataformas. Cerca de las columnas apareció un pequeño altar de tipo oriental. Para Marín Ceballos (1987, 57-58) el paralelo más claro del Templo B es el templo de Salambó en Cartago, donde apareció un pequeño altar para perfumes similar al de la Illeta, además de varios pebeteros. La casa señorial, dotada de muchas habitaciones que proporcionaron ricos materiales, dispuso de motivos pintados en sus paredes interiores. Contaba con un patio preparado para recoger el agua de lluvia, e incluso pudo tener un piso superior.

Almagro Gorbea y Domínguez de la Concha (1988-89) plantearon la posibilidad de que el Templo A fuese en realidad una residencia palaciega o “regia” ibérica. Sería el espacio áulico destinado a albergar al gobernante con su familia. Los edificios singulares próximos, es decir, el Templo B y el almacén, se integrarían en el conjunto de infraestructuras diseñadas para administrar el enclave. El almacén acogería los excedentes de la producción agrícola y artesanal, redistribuyéndolos adecuadamente. Es posible que, aun siendo una residencia palaciega, el Templo A presenciase algunas de las funciones religiosas encomendadas al soberano o gobernador del poblado. Moneo (1995) atribuyó una función de culto funerario de tipo dinástico al Templo B, relacionándolo con los restos funerarios de las proximidades, y comparándolo con el caso de un posible “heroon” del templo de la Alcudia de Elche.

El alfar ibérico situado cerca de la Illeta fue excavado entre 1994 y 1996 por López Seguí (1997, 223-250). Se localizaron cinco hornos de doble cámara, una destinada a la combustión y otra para la cocción de los recipientes. Ambas cámaras estaban separadas por la parrilla, perforada para permitir el paso del calor desde la cámara inferior a la superior. Los cinco hornos, adscribibles a dos tipos diferentes, tenían la cámara de combustión excavada en la tierra natural, y en tres de ellos había constancia del “praefurnium”, colocado como un apéndice de la cámara de cocción. El carácter contaminante de las actividades realizadas en el alfar explica en parte su posición algo retirada con respecto al pequeño poblado de la Illeta. El testar, al que eran arrojados los fragmentos cerámicos desechados, consistía en un gran agujero excavado en la arcilla blanca que forma el terreno natural. Casi todo el material recuperado en la zona del alfar consiste en fragmentos de ánforas ibéricas, las cuales eran fabricadas para envasar tanto las salazones de pescado preparadas en el poblado como otros productos. Figueras Pacheco describió las ánforas características de la Illeta como “de forma abellotada, carentes de cuello y provistas de pequeñas asas cerca de la boca, la cual generalmente aparece orlada por un pequeño resalte”. Las bases de estas ánforas son convexas, sin pivotes ni apuntamientos destacados. Se hallaron también soportes semilunares de sección triangular que podrían relacionarse con la disposición de las piezas para la cocción.

La Illeta dels Banyets ha proporcionado gran cantidad de fragmentos de cerámica griega (Garcia i Martín, 1997), sobre todo de barniz negro, que revelan la importancia comercial que tuvo su tranquilo puerto y ayudan a datar los momentos de mayor actividad del poblado ibérico en el siglo IV a.C. Se conocen unos 36 grafitos sobre cerámicas procedentes de la Illeta, algunos en alfabeto fenicio-púnico, pero la mayoría en alfabeto jónico foceo, adaptado por los indígenas para escribir la lengua ibérica. Estos testimonios de escritura greco-ibérica indican la frecuentación del enclave por parte de los comerciantes griegos, y son signo de la probable colaboración de griegos e indígenas en la redistribución comercial de ciertos productos. Llobregat (1993, 421-428) insistió en el aspecto empórico de la Illeta, que se configuraría como un ámbito neutral e idóneo para la realización de los intercambios, cuya equidad quedaría garantizada por las autoridades religiosas y políticas del establecimiento. Los restos de época romana documentados en la Illeta parecen corresponder a una villa, unas termas y unos viveros de peces excavados en la roca. En cuanto a la posible torre islámica, pudo estar asociada a un reducido hábitat agrícola.



                     Anforas fenicias encontradas  en la Illeta





CASTILLO DE GUARDAMAR

Este yacimiento da nombre a los restos de una ciudadela amurallada originada en época bajomedieval y destruida por los terremotos de 1829. En el lugar se ha podido documentar una fase de ocupación del Hierro Antiguo, subyacente y anterior a otra fase ibérica de carácter ritual (González Prats y García Menárguez, 2000, 1530-1531). El yacimiento ocupa el cerro que se levanta al Oeste de la actual población de Guardamar. Se trata de una colina amesetada de 64 metros de altitud, dotada de buenas defensas naturales salvo en la ladera que mira hacia el Norte, la cual desciende más suavemente hasta alcanzar la margen derecha del río Segura en la zona de su desembocadura. El río, al conectar con el piedemonte del cerro, genera una ensenada interior con buenas condiciones para la instalación de un embarcadero resguardado de los vientos de Levante. El cerro ofrece una excelente visibilidad para el control del territorio y de la navegación costera, sólo obstaculizada al Sur por las alturas del Moncayo y del Pallaret. En 1981 apareció en las laderas del Castillo un importante conjunto de terracotas ibéricas de carácter votivo, mayoritariamente pebeteros con forma de cabeza femenina. Se relacionó dichas piezas con la posible existencia en el cerro de un santuario ibérico, lo que llevó a Lorenzo Abad a realizar los primeros sondeos arqueológicos en la cima meridional, sin que los trabajos sacasen a la luz ninguna estructura arquitectónica de época ibérica. Excavaciones posteriores permitieron documentar en la cima meridional una fase del Hierro Antiguo, cuyo registro arqueológico se halla asociado a un nivel de acondicionamiento del terreno y a un área de desechos con abundantes restos de fauna terrestre y marina. Entre los restos cerámicos, se recuperaron varios fragmentos de cuencos y platos de barniz rojo, platos de cerámica gris, fragmentos de ánforas de hombro aristado y materiales indígenas, como cerámica a mano bruñida y toscos recipientes ovoides. Se documentaron además varios elementos de terracota relacionados con la industria textil, concretamente fusayolas y pesas de telar. Si verdaderamente existió en el cerro, cuyos niveles arqueológicos ibéricos están alterados por la fuerte intervención antrópica posterior, un santuario relacionado con el culto y quizás también con el control visual del entorno, dicho establecimiento estaría vinculado con otros de los enclaves ibéricos que se situaban en las inmediaciones de la Albufera del Segura, sirviendo quizás como centro de culto y punto de encuentro de diferentes comunidades indígenas. En época preibérica es probable que el lugar dependiese de los poblados fenicios de La Fonteta y el Cabeço del’ Estany, ayudando a éstos en el control del territorio y de las navegaciones.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

LA FOYA DE CASTALLA


En cuanto a su distribución territorial, hay que destacar, en primer lugar, su disposición de manera equilibrada sobre el espacio comarcal, sin entrar en competencia entre ellos por los recursos del entmo, dejando amplios sedores desiertos entre las zonas habitadas. Los nichos en los que se establecen estos asentarnientos son los mismos que se habitaban en periodos anteriores por lo que parece que se mantiene la ocupación en cada una de las unidades del paisaje siguiendo, en cierto modo, la distribución comarcal anterior y reforzándose en algunos puntos.    Como ocurría en las fases anteriores, de nuevo la característica principal de la relación asentamientos-medio es su ubicación jalonando las principales vías de comunicación natural que, con mayor o menor importancia, comunican con las comarcas vecinas, en un intento de mantener un control  estricto de la circulación a través del territorio. En cuanto a las posibilidades de explotación de los ecosistemas, encontramos un panorama variado; algunos poblados disponen de terrenos de cultivo, cursos de agua y espacios de monte sobre los que desarrollar actividades agropecuarias de cierta intensidad; en otros casos la morfología  quebrada del paisaje impide el desarrollo de una agricultura de importancia. Esta diversidad nos permite suponer un modelo económico variado, pero teniendo en cuenta que todas las labores de explotación del entorno se ven obstaculizadas por la dificultad de acceder a los campos desde los elevados  y escarpados lugares de hábitat. Esta circunstancia nos indica que un destacado componente defensivo y estratégico esta primando en la elección de este patrón de asentamiento sobre las posibilidades económicas.
No los hubo, por tanto,  solo vamos a mencionar algunos de los enclaves de menos importancia en los que se han encontrado cerámica ibérica pintada (fragmentos) y algunas ánforas de carácter fenicio.

 Se han encontrado algunos fragmentos de cerámicas ibéricas comunes, pintadas, gris y de cocina, muy escasos en número.
 
No obstante, los materiales reproducidos se pueden adscribir perfectamente a momentos tardíos, sobre todo algunos fragmentos decorados con motivos de tipo vegetal, a base de un tallo tenninado en flor, otros de tipo figurado zoomorfo, un fragmento de pez y otro más dudoso con un pájaro

SANTUARIO DE COIMBRA DEL BARRANCO ANCHO

EL SANTUARIO



El descubrimiento del santuario se produce de forma casual en el año 1937, gracias al hallazgo de un exvoto de bronce que se conserva en el Museo Municipal de Jumilla. En 1978 se producía la entrega al Museo por parte de la familia Tomás Pastor de unos fragmentos de pebeteros de terracota en forma de figura femenina. A inicios de la década de los 90, apareció un pequeño depósito arqueológico, en la ladera de donde se encontraron los fragmentos de pebeteros. Por este motivo se decide este mismo año realizar una excavación de urgencia con la finalidad de evitar las intervenciones de los clandestinos siendo hasta el momento la única actuación arqueológica que se ha producido.
La campaña de 1993 en el santuario se centró en la excavación de una posible favissa (pozo para ofrendas) del santuario ibérico. Los elementos documentados pueden encuadrarse en tres grandes grupos: objetos cerámicos, metálicos y de pasta vitrea.
Además de las terracotas se documentó una gran cantidad de fragmentos de cerámica ibérica, entre los que cabe destacar las páteras/platos de borde entrante o recto, algunos de los cuales presentan restos de policromía y fragmentos de botellitas globulares seguramente utilizadas en actividades de tipo religioso como la libación.

Entre los objetos metálicos cabe destacar el conjunto de mascaritas de oro y plata. Este grupo de máscaras, con distintos grados de conservación, pueden interpretarse como representaciones de los oferentes o devotos, o bien como representaciones de la divinidad. En dos de ellas se representa claramente un rostro masculino; en las demás, dada su mala conservación y lo esquemático de la representación de los rostros no se puede intuir que representan. Junto a estos objetos se encontró también un anillo de plata, el cual reúne valores simbólicos y en ocasiones de protección y mágicos, dos botones de bronce, objetos que, como las mascarillas, tienen una clara influencia helénica y una fíbula de este mismo metal de la Tene.

Por último, entre los objetos de pasta vítrea, tan sólo una cuenta de collar de color azul oscuro, color que es el habitual en los adornos personales fabricados en este material.
A la luz de las terracotas y exvotos de plata y oro estudiados, se puede afirmar que el santuario ibérico de Coimbra del Barranco Ancho estaría bajo la advocación de una diosa indígena de la naturaleza y la agricultura, identificada posiblemente con Démeter y con una pareja masculina, dualidad no ajena a los cultos y creencias relacionados con la fertilidad.

domingo, 13 de noviembre de 2011

LA ALBUFERA DE ELCHE



     La Albufera de Elche o llamada también Albufera de Guardamar, es  uno de los espacios húmedos más importantes de la Comunidad Valenciana, situada al S de la provincia de Alicante y por tanto enclavada en la Contestanía de los Íberos. Veamos sobre estas líneas a los habitantes antiguos que vivían en la Albufera de Elche.
     Desde el punto de vista geológico se localiza en la Depresión de Elche, dentro de la Cuenca del Bajo Segura, y ocupa parte del sinclinal limitado por los anticlinales que constituyen la Sierra de Santa Pola y la Sierra del Molar.(Guardamar el Segura, Bajo Segura, abanico del Vinalopó, costa de la Serra del Molar) antes de la retirada del mar de las costas.
      El alejamiento posterior de la línea de costa supone en el Bajo Segura la desaparición de la laguna y la instalación de una llanura de inundación con zonas palustres y lagunares de carácter dulceacuícola.
      Según datos arqueológicos disponibles procedentes del yacimiento de la Picola, la barra arenosa que cierra hoy las Salinas de Santa Pola es posterior al período romano.
     El reducto de la extensa Albufera d'Elx son los humedales que constituyen en la actualidad las Salinas de Santa Pola y el Fondo d'Elx-Crevillent; no obstante, es necesaria la realización de nuevos estudios para confirmar la conexión reciente entre ambas zonas húmedas.
      La presencia fenicia en la  antigua Albufera d´Elx constituye un tema importante para entender la colonización semita en el seno de la Contestanía Ibérica.
   Hacia el fin del siglo VI nos encontramos en esta zona una serie de características cerámicas que ya estaban plenamente desarrolladas en los ambientes fenicio-púnicos del S de la península Ibérica. Como respuesta a este movimiento de flujo, se producirá en las costas del E peninsular, sobre todo en la desembocadura del Ebro y País Valenciano, el consiguiente movimiento de reflujo desde el SE francés, el cual tendrá entre otras consecuencias, la introducción de nuevas características ceramológicas, así como la aparición de nuevos tipos cerámicos como son la jarra bitroncocónica y la urna de orejetas perforadas.

La época final de esta forma tiene lugar en las postrimerías del siglo IV/ primera mitad del III, momento en el que aparecerán los estilos decorativos de Llíria, Elx-Archena, la producción de barniz rojo en el área ilergeta y la cerámica con estampillas. Ejemplares del siglo III y posteriores son escasos y muchos de ellos corresponden a perduraciones, localizados en basureros, cenizales o en yacimientos sin claro contexto arqueológico, repartidos entre las provincias de Guadalajara, Tarragona, Barcelona, Castellón, Lleida, Ibiza, Soria, Valladolid, Badajoz y Portugal, llegando los últimos ejemplares al siglo I a.C.(Sitges de la Por (Autopistas 1995) y Huerto de los Frailes (Watenberg 1978).

      Es posible, según algunos, que en plena desembocadura de los ríos  Segura y Vinalopó o en Plena Albufera, nos encontramos con la  antigua colonia de Alone, pero esto queda en la duda, debido a la magnitud, grandeza y cercanía de poblados y gentes de todas clases y etnias, según demuestran los  hallazgos.

    Es significativo el que tanto La Fonteta como otros centros en que la presencia comercial fenicia fue habitual estén amurallados, indicio de la existencia de un proceso de acumulación de bienes que exigía medidas de seguridad disuasorias ante las posibles ambiciones de las comunidades indígenas del entorno. También presenta murallas el pequeño enclave fenicio del Cabeçó del’Estany (Guardamar), punto adelantado en el acceso a la ruta comercial del Segura.
    La influencia cultural fenicia favoreció en el Sureste durante el Hierro Antiguo la regularización urbanística de algunos núcleos poblacionales mediante obras de aterrazamiento y mediante la introducción de viviendas angulares, más amplias y duraderas que las de la tradición constructiva indígena. Cada vez se hicieron más frecuentes las viviendas con bancos adosados y esmerados enlucidos. comunes durante el período ibérico.
       La Fonteta generalizó diferentes productos, principalmente cerámicas torneadas, en el hinterland de la Vega Baja del Segura y del Bajo Vinalopó, mientras que los artesanos fenicios instalados en Peña Negra suscitaron una destacada producción alfarera cuyas piezas sirvieron para abastecer a otros yacimientos más interiores, como El Monastil (Poveda, 2000).
A partir de la estratificación del poblado de Los Saladares, Arteaga (1976-78) arguye que los primeros vasos con apéndices perforados aparecen a mediados de la sexta centuria o ligeramente antes, a causa de las relaciones con la cultura griega, y que tienden a desaparecer hacia los momentos finales de la centuria siguiente, al mismo tiempo que se instaura la tipología cerámica del Horizonte Ibérico Pleno.
No obstante, en las zonas de mayor raigambre ibérica existen algunas perduraciones. González (1983) a partir de los hallazgos de las excavaciones efectuadas en La Peña Negra de Crevillente, mantiene que el lugar de origen se encuentra también en Grecia, y más concretamente en las tumbas del periodo Geométrico Primitivo del cementerio ateniense del Areópago, y en otras zonas orientales       
          .
En ellos se distingue una verdadera diferencia tanto formal como cronológica con los restantes ejemplares del mundo ibérico debido a “(...) una progresión en la disminución del tamaño original hasta desembocar en el tipo más o menos estandarizado en la producción funeraria ibérica (...)” (Gónzalez 1983). Este tipo cerámico está fabricado con pastas de origen local y ofrece además, una inspiración helénica debido a la intrusión de cerámicas griegas en la última etapa de Peña Negra.
La impronta que dejó la presencia fenicia y su interrelación con las comunidades indígenas en esta zona del Sudeste se puede observar a través de la génesis de un floreciente período orientalizante, bien tipificado en Peña Negra II, en donde desde la arquitectura hasta los repertorios materiales, la iconografía y el propio mundo de las creencias espirituales, encuentran su eco en el seno de la cultura fenicia. Una vinculación con el período final de Peña Negra II y con las innovaciones que emanaron directamente desde el asentamiento fenicio de la desembocadura del Segura la hallamos en el poblado ibérico arcaico de El Oral, en donde se han recogido cerámicas fenicias del Grupo de Málaga, así como un fragmento de vaso de alabastro que podrían ser los escasos restos de una fase previa mal constatada, o incluso materiales dispersos procedentes del expolio antiguo de una necrópolis fenicia.
La concentración de necrópolis y poblados ibéricos antiguos (El Oral, La Escuera, El Molar, El Cabezo Lucero) en el tramo final del río Segura, no es mera coincidencia. Representa la constatación de la importancia de este foco de orientalización que generó la iberización del fondo poblacional muy mixtificado del Hierro Antiguo de la zona.
Claro está que estaban tanto estos, como Peña Negra , de carácter fenicio y griego,  los Saladares y La Fonteta, de carácter fenício en Plena Albufera de Elche que  se extendía a esas zonas, es decir a la desembocadura del Segura.
Resulta altamente ilustrativo que la tradición de un artesanado oriental en el período precedente sea recogida por otro orfebre que se enterró en una de las tumbas del Cabezo Lucero, acompañado justamente de varias matrices de bronce para fabricar medallones huecos.
El influjo orientalizante se debilita en otras regiones más septentrionales del País Valenciano, donde los productos cerámicos fenicios, como la vajilla de barniz rojo y la gris o los típicos envases anfóricos, están mucho menos presentes, signo de que sus mercados indígenas participaron escasamente durante el Hierro Antiguo de las actividades comerciales desplegadas por los fenicios desde sus enclaves ibicencos y del Bajo Segura.
En los centros coloniales fenicios andaluces y en La Fonteta la metalurgia del hierro se daría desde momentos cercanos a su fundación. Desde allí los conocimientos técnicos relacionados con el trabajo del hierro irradiarían hacia los poblados indígenas. Los resortes utilizados por los comerciantes extranjeros en la explotación de los recursos minerales del Sureste, más ricos en el área murciana que en la alicantina, están estrechamente vinculados con el proceso de aculturación suscitado en el mundo indígena, cuyo mejor exponente es el mestizaje cultural detectado en Peña Negra. Junto a los recursos mineros, la sal, el esparto y los productos agropecuarios del Sureste figurarían también entre los bienes dignos del interés comercial de los colonos fenicios.

       Los artesanos fenicios, locales o itinerantes, ofrecieron productos de lujo a las aristocracias indígenas, como la diadema de Crevillente, joya áurea con decoración repujada, influída por los gustos de la orfebrería etrusca. La orfebrería de la etapa orientalizante, conocida como tartésica, presenta unas características morfológicas, técnicas y funcionales muy diferentes con respecto a las de la orfebrería del Bronce Final, representada en el Sureste sobre todo por el tesoro de Villena.
      Los fenicios se trajeron un tipo mediterráneo de orfebrería basada técnicamente en la terna “soldadura-filigrana-granulado”. A lo largo de la presencia colonial fenicia en el Sureste fue cambiando el concepto de joya, pasándose de lo pesado y macizo a lo ligero y hueco, de lo liso y geométrico a lo relivario y figurativo (Perea y Aranegui, 2000, 12-13). Se enriqueció simbólicamente la iconografía local con motivos orientales, como las rosetas, las flores de loto, las palmetas, los árboles de la vida, los animales exóticos o fantásticos y los elementos astrales, todo ello en constante alusión a la fecundidad y al ciclo vital, simbolismo que se perpetuará en las manifestaciones artísticas de época ibérica.
El puerto comercial fenicio de La Fonteta sería el encargado de redistribuir por el Sureste multitud de productos mediterráneos, en muchos casos procedentes de las colonias fenicias andaluzas. Mantenía además una rápida y fácil conexión con los enclaves fenicios de la isla de Ibiza, hecho constatado por los significativos hallazgos anfóricos y de otros elementos ibicencos realizados en las costas alicantinas desde las zonas de Jávea y Denia hasta el área del Bajo Segura. La influencia cultural de la colonia de La Fonteta sobre las poblaciones indígenas de la antigua albufera del Segura sería determinante en la aceleración y cambio de sus procesos de estratificación social e intensificación productiva.
     Tanto La Fonteta como los colonos fenicios asentados en Peña Negra desarrollarían una febril actividad comercial en el marco de una próspera explotación agropecuaria y metalúrgica del entorno, realizada a través de los intermediarios indígenas.
       Los talleres de Peña Negra, cuyos productos llegaron periódicamente hasta el ámbito sardo, son, junto con los de Fort Harrouard en el Norte de Francia, unos de los mejor documentados de este tipo de metalurgia de carácter atlántico. El impacto comercial fenicio en el Sureste provocó además la instauración de un patrón premonetal para las transacciones en forma de barras planas, las cuales conservan su cono de fundición (González Prats, 1991, 114). Estas barras se elaboraban con un cobre muy depurado, en bronce y en plomo. Responderían a un determinado sistema metrológico que nos resulta desconocido. Su área de dispersión afecta a la mitad meridional de la provincia de Alicante y a la isla de Formentera.
        Uno de los talleres metalúrgicos documentados en Peña Negra incluía la vivienda, el horno y una escombrera con más de cuatrocientos fragmentos de moldes, sobre todo de arcilla, exponentes de una alta y sofisticada tecnología, en donde se obtenían piezas típicas de los horizontes culturales de la Ría de Huelva, Vénat, Ronda y Sa Idda (González Prats, 1992, 144). En la escombrera, junto a varios kilos de escorias de cobre y bronce, apareció un fragmento de una pieza de hierro, que sería un objeto importado. Mientras que el Sureste participaba del desarrollo de la metalurgia atlántica y mediterránea, el resto del País Valenciano permanecía imbuido por una metalurgia de tipo continental.
        La influencia fenicia experimentada por los yacimientos de Peña Negra y Los Saladares se aprecia también en la aparición de nuevos tipos de viviendas desde el siglo IX a.C. Las cabañas tradicionales de planta oval o circular, a veces semiexcavadas en el suelo y realizadas con materiales perecederos, vieron cómo a su lado se edificaban otras angulares con zócalos de piedra y otras de planta circular levantadas a base de tapial y adobe, con paredes de barro rojo enlucidas de blanco o amarillo. En cuanto a los enterramientos, se observa en la necrópolis de cremación de Les Moreres, fechada entre el siglo IX y mediados del siglo VI a.C., la extensión de prácticas y construcciones funerarias de tipo meridional, como los túmulos planos, los círculos de piedras hincadas y las plataformas ovales y cuadradas.
         Estas últimas son el precedente de las tumbas de empedrado que se generalizarán en la Contestania durante el período ibérico (González Prats, 1992, 143). Se trata de construcciones funerarias nuevas que dan idea de las transformaciones culturales experimentadas por el Sureste en su contacto con los agentes comerciales fenicios. Antes de la llegada de los colonos fenicios, Peña Negra presentaba algunos elementos próximos al horizonte cultural meseteño de Cogotas I, como las cerámicas de incrustación y de retícula bruñida o las viviendas circulares de barro.
   González Prats (1992, 145) considera que durante el Hierro Antiguo el Sureste formó parte del ámbito orientalizante tartésico, fenómeno cultural ya más diluido al Norte del río Vinalopó, el cual pudo actuar por entonces como frontera entre grupos poblacionales con tradiciones diferentes.
    Las revisiones de materiales efectuadas en yacimientos interiores del País Valenciano han servido para identificar la presencia de algunas cerámicas fenicias durante el Hierro Antiguo, fenómeno atestiguado por ejemplo en El Castellar de Meca (Ayora) y el área alcoyana. En el Alt de Benimaquia (Denia) se desarrolló en la primera mitad del siglo VI a.C. una destacada producción vitivinícola, la cual sería impulsada por las elites indígenas a partir de los conocimientos proporcionados por los comerciantes fenicios, que frecuentaban la región en busca de hierro (Gómez Bellard y Guerín, 1995). Los lagares localizados en el yacimiento se insertaban en un complejo fortificado que tenía como objetivo proteger y prestigiar el sistema productivo desarrollado, y que además estaba en consonancia con el alto valor estratégico del lugar en que se emplazaba, pues desde allí se divisan las costas ibicencas y las embarcaciones provenientes de las mismas.
Entre los primeros elementos foráneos aparecidos en Peña Negra, los cuales nos remiten a la segunda mitad del siglo IX a.C., se encuentran las fíbulas de codo, una fíbula de doble resorte, brazaletes de marfil y cuentas de collar de fayenza y de pasta vítrea. Se trata de objetos de adorno utilizados por los agentes fenicios para entablar un contacto amistoso con las comunidades indígenas. Además de los objetos referidos, en la necrópolis de cremación del yacimiento, denominada Les Moreres, se recuperaron urnas arcaicas de tipo Cruz del Negro y un plato de barniz rojo de inicios del siglo VIII a.C. La interacción humana y comercial con el mundo fenicio fue incrementándose, de modo que Peña Negra, partícipe de la corriente orientalizante, experimentó en el siglo VII a.C. una formidable expansión urbanística.
La influencia fenicia experimentada por los yacimientos de Peña Negra y Los Saladares se aprecia también en la aparición de nuevos tipos de viviendas desde el siglo IX a.C. Las cabañas tradicionales de planta oval o circular, a veces semiexcavadas en el suelo y realizadas con materiales perecederos, vieron cómo a su lado se edificaban otras angulares con zócalos de piedra y otras de planta circular levantadas a base de tapial y adobe, con paredes de barro rojo enlucidas de blanco o amarillo. En cuanto a los enterramientos, se observa en la necrópolis de cremación de Les Moreres, fechada entre el siglo IX y mediados del siglo VI a.C., la extensión de prácticas y construcciones funerarias de tipo meridional, como los túmulos planos, los círculos de piedras hincadas y las plataformas ovales y cuadradas.
        La Fonteta generalizó diferentes productos, principalmente cerámicas torneadas, en el hinterland de la Vega Baja del Segura y del Bajo Vinalopó, mientras que los artesanos fenicios instalados en Peña Negra suscitaron una destacada producción alfarera cuyas piezas sirvieron para abastecer a otros yacimientos más interiores, como El Monastil (Poveda, 2000).
La homogeneidad de las pastas de las cerámicas fenicias redistribuidas durante la fase orientalizante por el Levante peninsular nos remite siempre a Ibiza y a la presencia colonial en la antigua albufera del Segura. El panorama económico apunta a que la extracción del hierro era uno de los principales objetivos del mundo fenicio occidental, lo que explica la presencia de material cerámico fenicio en diversos núcleos mineros castellonenses del Maestrazgo y de la Vall de Uxó.
       Los artesanos fenicios, locales o itinerantes, ofrecieron productos de lujo a las aristocracias indígenas, como la diadema de Crevillente, joya áurea con decoración repujada, influída por los gustos de la orfebrería etrusca. La orfebrería de la etapa orientalizante, conocida como tartésica, presenta unas características morfológicas, técnicas y funcionales muy diferentes con respecto a las de la orfebrería del Bronce Final, representada en el Sureste sobre todo por el tesoro de Villena.
      Los fenicios se trajeron un tipo mediterráneo de orfebrería basada técnicamente en la terna “soldadura-filigrana-granulado”. A lo largo de la presencia colonial fenicia en el Sureste fue cambiando el concepto de joya, pasándose de lo pesado y macizo a lo ligero y hueco, de lo liso y geométrico a lo relivario y figurativo (Perea y Aranegui, 2000, 12-13). Se enriqueció simbólicamente la iconografía local con motivos orientales, como las rosetas, las flores de loto, las palmetas, los árboles de la vida, los animales exóticos o fantásticos y los elementos astrales, todo ello en constante alusión a la fecundidad y al ciclo vital, simbolismo que se perpetuará en las manifestaciones artísticas de época ibérica.
Todos los establecimientos tienen en común su emplazamiento en un promontorio poco elevado, situado a la entrada de una vía fluvial y con su necrópolis en la orilla opuesta al curso del agua en otro islote, con las excepciones de Gadir y Almuñécar.
      Este modelo de asentamiento responde al descrito por Tucídides (VI, 2) en promontorios o islotes con fines comerciales.


YACIMIENTOS   FENICIOS EN LA ALBUFERA  DE ELCHE 


Cabezo de L´Estany 

YACIMIENTOS   IBERICOS  EN LA ALBUFERA  DE ELCHE