Una de las
novedades estriba en el descubrimiento
de una extensa necrópolis de cremación en el cerro de Les Moreres, en
Crevillente, situada muy cerca del poblado de Peña Negra y correspondiente a su
fase del Bronce Final.
En cuanto a los enterramientos, se observa en la
necrópolis de cremación de Les Moreres, fechada entre el siglo IX y mediados
del siglo VI a.C., la extensión de prácticas y construcciones funerarias de
tipo meridional, como los túmulos planos, los círculos de piedras hincadas y
las plataformas ovales y cuadradas.
Estas últimas son el precedente de las tumbas de empedrado que se
generalizarán en la Contestania durante el período.
Se trata
de construcciones funerarias nuevas que dan idea de las transformaciones
culturales experimentadas por el Sureste en su contacto con los agentes
comerciales fenicios. Antes de la llegada de los colonos fenicios, Peña Negra
presentaba algunos elementos próximos al horizonte cultural meseteño de Cogotas
I, como las cerámicas de incrustación y de retícula bruñida o las viviendas
circulares de barro.
González
Prats (1992, 145) considera que durante el Hierro Antiguo el Sureste formó
parte del ámbito orientalizante tartésico, fenómeno cultural ya más diluido al
Norte del río Vinalopó, el cual pudo actuar por entonces como frontera entre
grupos poblacionales con tradiciones diferentes.
Los trabajos preliminares han puesto al descubierto 27
enterramientos y el número total de ellos desparramados por los lados del cerro
en cuestión pudo pasar perfectamente del centenar, dada la densidad de los
mismos. No entraremos en la descripción de los diversos tipos de sepulturas,
que se puede ver en otros trabajos.
En lo esencial,
figuran al lado de las urnas depositadas en hoyos, sepulturas sin ningún
“contenedor” cerámico o que consisten sólo en un cuenco carenado, las urnas
situadas en un encachado amorfo de piedras o aquellas que se ubican en la cista
central de túmulos planos o encachados circulares de 5-7 metros de diámetro. La
tipología de las urnas contrasta, en líneas generales, con la propia de las
necrópolis del “Grupo septentrional”, relacionándose con las formas de las
necrópolis de Murcia y Almería, Setefilla y Portugal.
Con la excepción del cuenco troncocónico que cubre la urna
número 4 y que puede representar un influjo , “septentrional”, todos los vasos
funerarios se tapan con cuencos o cazuelas carenadas de la Forma B7 de Peña
Negra I, uno de los tipos cerámicos más característicos -como veíamos- del
Bronce Final meridional, desconocidos en los ambientes de C.U. peninsulares.
La necrópolis de Les Moreres -como el poblado- llega a
conocer los primeros objetos fenicios que llegan a Crevillente en el paso del
siglo VIII al VII a. C., y así nos encontraremos desde urnas tipo “Cruz del Negro”
hasta platos de engobe rojo y cuentas de collar de pasta vítrea azul con
entalladuras circulares, que han perdido la incrustación de hilos blancos
alrededor de ellas.
Espacio funerario del asentamiento
de la Peña Negra, que en su fase II, con una cronología del 750 al 625 a. C.,
ha proporcionado varios de este tipo de enterramientos formando un grupo
homogéneo presumiblemente de varones (González Prats: 2002, 242, 255, 275 y
277). Si ya resultaba poco convincente la profunda aculturación funeraria de una
parte de la población autóctona alejada socialmente de las elites y
presuntamente detectada en necrópolis de la región tartésica y áreas
geográficas vecinas, su presencia en Les Moreres añade aún más interrogantes,
ya que significaría un resultado prácticamente idéntico de la aculturación
orientalizante de influjo fenicio sobre poblaciones muy distantes. Por
consiguiente, si en una necrópolis autóctona, como es el caso, se detecta a
partir de un momento dado un cambio significativo en las pautas de enterramiento,
acompañado de importaciones fenicias y de un grupo homogéneo de tumbas que, en
contraste con las demás, presenta claras analogías con los enterramientos
fenicios de la Ibiza arcaica y, por supuesto, con enterramientos similares
presentes en algunas necrópolis “orientalizantes” ¿estamos obligados a pensar
que todo ello no es sino el resultado de la aculturación?. Pero, sobre todo,
cuando sabemos de la presencia estable de fenicios en el vecino asentamiento
por la misma época. Es obvio, por otra parte, que no podemos pensar en una
asimilación cultural, ya que todas estas “tumbas fenicias” se han descubierto,
en muchos casos, en necrópolis en las que comparten, como en Les Moreres, el
espacio funerario con enterramientos considerados de tradición autóctona, todo
lo cual sugiere una convivencia, cuando no un mestizaje, entre fenicios y
autóctonos, algo de lo que ya nos hablaban los textos antiguos (Estrabón, III,
2, 13: cfr: Belén: 2000, 308).
En lo que al ámbito funerario de
esta realidad compleja, y posiblemente en parte mestiza, concierne, la
valoración del sector arcaico de la necrópolis ibicenca de Puig des Molins
resulta especialmente clarificadora, al igual que no menos lo resulta la
presencia de un grupo homogéneo de enterramientos tipo “Cruz del Negro” en Les
Moreres, necrópolis del asentamiento autóctono de la Peña Negra, donde, lo
sabemos, residían de forma estable un número indeterminado de fenicios,
mientras que, por otra parte, el empeño de catalogar culturalmente las
necrópolis y sus enterramientos con datos arqueológicos obtenidos sobre todo de
los ajuares encontrados en las tumbas debe ser sometido a discusión. En lo
esencial, se acepta un contraste en los ajuares de las necrópolis
“orientalizantes” que diferenciaría, principalmente, los enterramientos
“principescos”, caracterizados por la presencia de objetos metálicos como
jarros de bronce, recipientes rituales con asas de mano también denominados
“braserillo”, quemaperfumes, páteras y calderos (Martín Ruiz: 1996, 23 ss;
2000), de los restantes, que presentan una gran diversidad, tanto en los
componentes como en sus combinaciones, lo que se achaca a que conviven en ellas
una multiplicidad de formas y ritos en los que, además, el prestigio no aparece
aún claramente definido como consecuencia del cambio social que se produjo
durante el “orientalizante” (Carrilero: 1993, 178 ss). Pero hasta ahora no se
ha explicado porqué determinados grupos de la población autóctona escogen las
formas y el ritual fenicio y otros no, ni como es posible que tales grupos
adopten con tanta facilidad prácticas funerarias ajenas, mientras que en otras
ocasiones, y en relación a actividades que implicarían niveles mucho más
superficiales de aculturación, se muestran mucho más conservadores
discriminando, por ejemplo, qué tipo de recipientes cerámicos se imitan y
cuales no.
En cuanto a los enterramientos, se observa en la
necrópolis de cremación de Les Moreres, fechada entre el siglo IX y mediados
del siglo VI a.C., la extensión de prácticas y construcciones funerarias de
tipo meridional, como los túmulos planos, los círculos de piedras hincadas y
las plataformas ovales y cuadradas. Estas últimas son el precedente de las
tumbas de empedrado que se generalizarán en la Contestania durante el período
ibérico (González Prats, 1992, 143). Se trata de construcciones funerarias
nuevas que dan idea de las transformaciones culturales experimentadas por el
Sureste en su contacto con los agentes comerciales fenicios. Antes de la
llegada de los colonos fenicios, Peña Negra presentaba algunos elementos
próximos al horizonte cultural meseteño de Cogotas I, como las cerámicas de
incrustación y de retícula bruñida o las viviendas circulares de barro.
González Prats (1992, 145) considera que durante el Hierro Antiguo el Sureste formó parte del ámbito orientalizante tartésico, fenómeno cultural ya más diluido al Norte del río Vinalopó, el cual pudo actuar por entonces como frontera entre grupos poblacionales con tradiciones diferentes.

Aparece un brazalete oval con
decoración incisa que podría fecharse en el siglo IX a C.
Aparece cerámica roja procedente de Anatolia.
Se ha encontrado una vasija de cuerpo troncocónico con carena en
el tercio superior, generalmente redondeada y con un borde corto reto o
vertical marcado con el fondo ligeramente cóncavo.
En les Moreres utilizaban urnas pintadas del estilo o del tipo
Cruz del Negro realizadas a mano en vez
de a torno, como recipiente funerario en ambientes indígenas al menos desde
finales del siglo VIII a C. apareciendo estos como parte del ajuar.
Diversos especialistas han puesto de manifiesto la
influencia que ejercieron estos vasos fenicios sobre las cerámicas arcaicas
procedentes de la última edad el
bronce.
De hecho, más que como resultado de un estudio directo de
los materiales, este importante grupo de cerámicas andaluzas era conocido,
sobre todo, a través de sus imitaciones ibéricas o de sus precedentes
mediterráneos, ya que las urnas de la Cruz del Negro permanecen todavía
inéditas, a excepción de muy pocos ejemplares.
El ritual funerario consiste en la incineración en urnas
depositadas en fosas próximas a la pira; de los hallazgos se deduce que una vez
incinerado el cuerpo del difunto, las cenizas eran tamizadas y separadas
de los huesos calcinados, los cuales eran colocados en la urna, junto con los
objetos de uso personal; la urna y el ajuar se depositaban sobre las cenizas en
un orificio practicado en el suelo, al lado de la pira funeraria, esta última
situada en una fosa rectangular poco profunda.
En el mismo ritual funerario, descrito más arriba, la
presencia en la necrópolis de varias urnas cinerarias hechas a mano y acabadas
mediante la doble técnica de superficie bruñida en el cuello y superficie
rugosa en el cuerpo? los objetos de bronce y hierro que acompañan a las urnas,
todo en suma denota una facies cultural claramente tartésica y local.
Si bien algunos ejemplares se eilcuentran
bastante deteriorados, prácticamente todas las urnas llevan decoración pintada
geométrica. Ésta consiste en anchas franjas de engobe, a veces bruñido, de
color rojo oscuro, delimitadas por una o varias bandas
pintadas de color rojo o castaño negro
de homogeneidad cultural y étnica de todos estos grupos,
independientes del foco fenicio-cartaginés.

La uniformidad de las pastas, cocción, tratamiento de
superficie y tipología señalan un mismo taller de origen, cuya producción se
inicia a principios del siglo VII a. de J.
C., o acaso antes, perdurando hasta el siglo VI a. de J. C. Dicho
taller abastece a un mercado muy concreto y todo nos induce a suponer que operó
en territorio ibérico, con una cierta independencia con respecto al área de
ocupación fenicia.
Son precisamente estos talleres, que habría que denominar
púnicos., por cuanto que son netamente occidentales y radicados
en el interior, los que mayor influencia ejercerán sobre la producción local
indígena. No son las formas características de la cerámica fenicia del litoral
(jarros de boca de seta o trilobulada, lucernas, platos de barniz
rojo) las que serán imitadas por la población autóctona, sino las formas del
tipo Cruz del Negro.
Estas formas ibéricas, que derivan del tipo turdetano.no
parecen perdurar más allá del siglo IV antes de
J. C. Su cronología coincide, por otra parte, con un momento de expansión de
importaciones fenicias y tartésicas, que afecta sobre todo a los poblados
levantinos, tales como Vinarragell y los Saladares. alcanzando hasta las bocas
del Ebro, donde se comprueba la existencia de importaciones e imitaciones ibéricas
bastante arcaicas.
La cerámica roja de Les Moreres permite probar la existencia
de importaciones orientales en la Península Ibérica y, por tanto, de relaciones
comerciales en el III milenio a.C. entre ambos extremos del Mediterráneo
En una de las tumbas
apareció una cuenta de collar de pasta vítrea azul oscuro con tres ojos formados por incrustación de hilos
de pasta vítrea blanca, del mismo tipo que únicamente se había documentado en
la necrópolis correspondiente de Les Moreres, habiendo perdido allí la
incrustación blanca. Estos ejemplares de origen fenicio inauguran la presencia
en nuestra Península de las cuentas denominadas “de ojos” que llegarán a ser
más características del mundo púnico.
De la necrópolis de Les Moreres poseemos un ejemplar de brazalete con cinta de sección romboidal.
Procedentes de varias sepulturas de Les Moreres son
numerosas cuentas de collar simples fabricadas con tramos de cinta de bronce
arrollados, del tipo que aparece también en los estratos de habitación de Peña
Negra.
En diferentes tumbas se han hallado varias cuentas de oro.
Disponemos de muy pocos elementos de juicio paro
calibrar el mundo funerario de PN II. Es posible que Les Moreres sólo albergara
las primeras tumbas de la fase orientalizante de la ciudad —si no a los
primeros recién llegados--’. La magnitud de ésta, con varios centenares de
viviendas, nos obliga a reclamar una necrópolis diferenciada siturnia
seguramente en otro punto del complejo arqueológico.
En el poblado se sigue con la tradición de
enterrar a los recién nacidos fallecidos en el ámbito doméstico, si bien ahora
incinerados. La abundancia de vasos E II en el poblado se explica así por
tratarse.
Tal y como sucede en el resto del mundo tartéssico, del contenedor
cinerario por excelencia en les Moreres